Martes, 01 de junio de 2010
8
Sus ojos se enternecen, aflora un sentimiento puro. Es tan lastimera y patética la estampa que tengo delante, que le cojo por sus robustos hombros como a un niño que recibe instrucciones severas, y siento el alma atravesada de gozo y de dolor al mismo tiempo; curioso en verdad es esto. No encontramos ocasión ninguno de los dos para entablar conversación, debido a nuestro estado de ánimo. Él melancólico y abatido, yo emocionado. A pocos pasos de casa me viene a la cabeza Manuela, mi mujer. Llevar a casa semejante espécimen y de una forma repentina no deja de tener mucha gracia, para todos menos para ella, y me asusta un poco su reacción. Pienso como responderá al tener delante a Francisco, que puede ser todo lo majo que se quiera, pero de momento asusta. Tan pronto la veo dando un grito desgarrador mientras nos da con la puerta en las narices, como tendida en el suelo después de haber sufrido un ataque de algo. En el mejor de los casos, yo estaría tan loco como aparenta Francisco, y, la monserga que me espera no la quisiera un cualquiera. Le hago partícipe a Francisco de mis temores, añadiendo que se mire por donde se mire, es lo normal y lógico. Le prevengo de una casi segura reacción hosca, y se haga cargo de la situación para poder comprender a Manuela.
-Muchos inconvenientes veo que le voy a dar, señor Filiberto. Nada me remordería más en este momento que tenga problemas con su mujer a cuenta mía.
-No te preocupes Francisco. De momento echará sapos y culebras como es normal, pero verás que pronto se le pasa, y lo bien que te vas a llevar con ella. –Metiendo la llave en la llavera se me ocurre una idea-. ¡Un momento¡ ¿Qué te parece si entro yo primero, y la voy contando suavemente el asunto? Así cuando te vea ya sabrá de qué va esto, y el susto no será tan fuerte. Ahora si, en dos minutos estoy contigo; ni te me marches ni hagas tonterías, sólo espera, que vengo enseguida.
-No se preocupe usted, señor Filiberto. Ya me conocerá y, no tendrá ningún temor de que Francisco falte alguna vez a su palabra. ¿Qué pasa; ahora no puede abrir?
-¡Pues claro que puedo abrir¡ A todo esto, yo no recuerdo haberte dicho mi nombre.
-Es normal que no lo recuerde, no lo hizo; me enteré en el bar cuando le llamaron para jugar la partida, ¿no lo recuerda?
Teniendo ya la puerta abierta me dispongo a entrar con las precauciones propias de casa extraña.
-¡Ah… ya caigo¡ Lo dicho, espera ahí.
Al entrar oigo a mi mujer trastear con el menaje de la cocina; debe ser que está poniendo la mesa para la cena. En seguida que me ve pregunta:
-¿Quién viene contigo Federico?
-¿Cómo? –se me escapa al creerme pillado “in fraganti”
-Pues que el charloteo que se oía no creo viniese del bar.
-¡Ahí quería llegar¡ De eso precisamente tengo que hablarte muy seriamente, y sin perder tiempo a ser posible.
-Tú me dirás.-Dejando su ocupación se enfrenta a mí y me mira curiosa-. ¡A saber qué te traerás entre manos¡
-¿Sabes de un hombre que anda por el pueblo, que parece un vagabundo?
-Lo parece y lo es. Yo no le he visto pero he oído algo del tema. ¡No me digas que le pasó algo, o que ha hecho alguna trastada…¡
-Ni una cosa ni la otra, mujer mía. Pasa que viene a nuestra casa, que le vamos a socorrer, y como digo vamos quiero que me ayudes en esta empresa. No te arrepentirás, ya sabes que la ley de Dios…
-¡Que ley de Dios ni que ocho cuartos¡ -En esto me espero la lluvia de improperios correspondiente. Baja la voz y sigue-. A donde tienes a ese señor, si puede saberse.
-Fuera esperando, mientras te contaba el asunto para no cogerte desprevenida.
-Pues dile que pase-me dice tranquilamente sonriendo ante la sorpresa que me causa esa aptitud comprensiva y bondadosa-.
Salgo a comprobar si Francisco sigue fuera esperando, y ante su visión le pido que se quite el gorro, para mejorar su aspecto. Como me parece que su cabeza es un nido de víboras, que deseosas de la ansiada libertad intentan escapar por doquier, le exhorto que mejor se vuelva a poner el gorro.
-Pasa Francisco. Comprobarás por ti mismo la mujer que tengo.
-Buenas noches señora. Yo no quisiera molestar, pero su marido…
-Si ya lo sé, de lo que no hay es mi marido.-Sonriendo se limpia las manos en el mandil para estrechar la del forastero-.
- Mucho gusto señora; si no Dios yo se lo pagaré tarde o temprano.
-Lo primero será que se lave en condiciones, así pues venga conmigo y métase en la ducha. Luego se pondrá un pijama limpio de mi marido. Cuando tenga que frotarse la espalda no tiene más que llamarme. A ver que me trae…-Coge la mochila y se pone a deshacerla-. Mañana meteré en la lavadora todo esto.
-Si hay que frotarle la espalda ya vengo yo.- Replico no viendo con buenos ojos que mi mujer frote la espalda al forastero-.
-De qué me voy a asustar a estas edades, ¿eh Federico? –A carcajada limpia se dirige a la cocina-. Voy preparando la cena mientras te ocupas de nuestro invitado. A propósito, no nos has presentado, ¿cuando piensas hacerlo?
-Por el momento baste decir que me llamo Francisco.
-Mi mujer Manuela- me apresuro a decir-. Una señora como la copa de un pino; y más buena que el roscón de Reyes.
Mientras nuestro huésped entra en el baño, yo sigo a Manuela a sus dominios, entre ollas y fogones. Con voz muy queda y clara me habla sin dejar de trajinar:
-¡Pero hombre, vaya ocurrencias traer a casa este hombre¡ ¡No debe haber nadie en el pueblo más que tú para alojar a un vagabundo, supongo¡
-¡Qué podía hacer¡ Me dio tanta pena…; además, no es un vagabundo cualquiera.
-¡Hay que corazón tienes Virgen Santísima¡ No te he fallado nunca y descuida que lo haga ahora. Si quieres ayudar a ese hombre lo ayudaremos, cuenta conmigo, ¡faltaría más¡ -y soltando una graciosa risotada deja los platos y viene hacia mi rodeada de un hado sublime, que me llega al alma, y me hace una y otra vez dar gracias a Dios-.Así que te me vas a volver de parte tarde celosillo, eh…
Mientras la sonrío con fruición, la rodeo con mis brazos amorosamente y, el haz de luz de la bombilla proyecta una sombra que bien pasaría por escena de recién casados.
-Es que eres la caraba. A nadie se le ocurriría decir a un hombre como Francisco, recién entrado a casa que le frotas la espalda; desde luego…
-¿No le has traído para eso? Además, si no iba a mirar…, tontín. –Me da un pícaro beso, y coqueta sigue con su trabajo de preparación de la cena-. Mientras ve tú a atender al huésped.
-No te preocupes cariño, que del huésped yo me encargo.
No puedo menos de sonreír cuando llegan a mis oídos las graciosas carcajadas que de la cocina vienen, como un ente dulcemente contagioso. Pregunto a Francisco a través de la puerta del baño si necesita alguna cosa, y responde que le falta poco para terminar. Le replico que se tome su tiempo no habiendo prisa como no hay. Vuelvo a la cocina, y Manuela, advirtiendo mi presencia pero sin dejar de mirar la sartén…
-No sé si a este hombre le gustará el chicharro. Le sacaré un chorizo también, no se quede con hambre y por vergüenza no lo diga.
-¿Hay sopas de ajo? Ah, las tengo delante; si es un perro me muerden.
-Las hice para gastar el pan duro, por no tirarlo. ¡Comemos tan poco que se amontona¡ ¡Ay…¡ Vaya tonta que soy, por favor, que susto.
Mirando a mi mujer comprendo que algo grave sucede; dirigiendo la vista al mismo punto que ella, o sea a la puerta, se me aparece un señor de rostro claro, líneas perfectas, destacando el corte estilo clásico de la nariz, y labios finos. Desaparecido el gorro y asentadas las greñas húmedas, trabajo cuesta reconocer a Francisco. Sus ojos marrones poseen gran expresividad, y un puntito de melancolía. Una ligera sonrisa algo turbada se dibuja en su cara.
-¡Hola, hola…¡ Por un momento pensé que llegaba el demonio, y mira quien es. –Pasada la sorpresa rio con todas ganas recordando la reacción de Manuela, la cual se incomoda un poco, por considerar que semejante hecho no tiene gracia-. Hombre, ¡el cambio que dio usted sin barba¡. Ya ve que a mi mujer le gustaba la barba.
La risa que suelto a su libre albedrio contagia a Francisco que brilla el genio de sus ojos.
-¡Que risas mas tontas hijo¡ Lo que menos creí es que se habría afeitado. Ya me podrías haber dicho que le habías dejado la máquina para afeitarse.
-Sé lo mismo que tú, mujer. El tema de los afeiteos lo dejaba para mañana.
-Tengo unas maquinillas en la mochila que uso cuando tengo ocasión. No me gusta la barba, pero no tengo otro remedio que dejarla crecer. Hasta hace unos meses me afeitaba todos los días. También usaba traje y corbata.
-Eso, eso; siéntese y empiece a contar. Toda historia comienza por el principio, por lo tanto comencemos.-Complacido me dispongo a servir la sopa y a no perder detalle al mismo tiempo-.
-Déjate de historias por hoy, que este señor tendrá más ganas de cenar que de contar historias. –Ante mis protestas exclama la señora de la casa-. Y luego hay que ver la tele; ya sabes que esos debates no me los pierdo por nada del mundo.
-¡Y quien te quita que veas lo que quieras¡ Nosotros a lo nuestro, ¿verdad Francisco?
-¡De eso nada¡ Yo también quiero enterarme, que barrunto un relato más interesante que cualquier novelón.
-Descuiden ustedes, pues mañana conocerán mi vida como yo mismo. –Se sonríe como un niño que tiene delante unos caramelos a su disposición, mientras da buena cuenta de la sopa-.
A este buen señor (hablo de Francisco), no le podía haber amanecido mejor el día. Con su vida en caída libre, ya en el fondo de la inescrutable sima…; pero no, faltan peldaños que bajar aún. No lleva una vida anomia, respeta las normas, presumo que intenta pasar desapercibido, a pesar de su orgullo resentido que le habrá jugado malas pasadas, como la del libelo anónimo. Él ha vislumbrado un rayo de luz en el túnel donde se haya, y creo intuir un ánimo agradecido. Se muestra agradable, amable y cortés. Por suerte para todos, su alma estaba oculta tan sólo de una capa de polvo, que si bien ello por sí mismo no marcha, bastó una pasada con la mano para restablecer su espíritu. A base de años esta capa de polvo, se convertiría en algo tan duro, que ni con maceta y cortafríos se quebraría. Sería un hombre perdido para siempre. Si no me engaño, este hombre salvará, y cojo como prenda su extraordinaria sensibilidad. Su aptitud denota bonachonería que nos predispone irremisiblemente en su favor, como un imán sigue las leyes de electromagnetismo.
En el curso de la transmisión del debate, nuestra sorpresa es mayúscula al comprobar, por comentarios y preguntas de mi mujer, de los bastos conocimientos de que hace gala, en muy diversos temas. Da igual de lo que se trate, siempre ofrece una opinión contrastada, entendida y respetuosa. De notar es su especial conocimiento de la economía y la política. También demuestra estar al día de las noticias de actualidad, de España y del mundo; de sus gobiernos y de sus políticas; de su geografía y de sus costumbres. Ante semejante cultura, expresada en avezada elocuencia, de palabra fácil y extenso vocabulario, ¿quién no se preguntaría a qué se debe semejante incongruencia? ¿Cómo puede ser un vagabundo con esos conocimientos tan amplios?
Voy notando la fatiga en su rostro. Ímprobos esfuerzos le cuesta impedir el bostezo. Manuela se percata también, le pide que le siga para enseñarle su habitación, y en poco tiempo nos encontramos acostados. Mi mujer bien poco tarda en dormirse, pero el sueño, esta noche, no se digna visitarme. Paso en dulce vela buena porción de tiempo pensado en lo increíble del hallazgo, y sobre todo, de lo que resultará de ello. Parece que la consciencia, dueña de mi ser, se aferra al éxtasis que siento y ahuyenta el sueño, para eternizar el goce. Pero, al fin, la somnolencia se impone al pensamiento reedificador, y lentamente me sumerjo en las profundidades de lo desconocido.
AMANDO VELASCO GONZALEZ
Villambroz -junio 2010
Por: Basilio Velasco Delgado | General | Comentarios (0) | Referencias (0)
Miércoles, 12 de mayo de 2010
Columbro a un grupillo de jubilados en la carretera, y por ende, la manera de ponerme al día en los últimos sucesos acaecidos en el pueblo. No dejan de ser estos grupillos ociosos el mejor noticiario de actualidad; y no solo de ámbito local; que abarcan sus corresponsalías toda la magnitud del orbe, y aún de la galaxia. Cuando me acerco observo que el coloquio se encuentra en un punto álgido, por el embolismo que se practica, que amenaza con producir infructuoso el debate. De la jerigonza propia de los rústicos pueblos de Castilla, no me es difícil inferir el tema que se encuentra en la palestra, además de otros que por la controversia salen a relucir sin ton ni son.
Carlos, que a media voz no logra hacerse entender, decide aumentar la vibración de sus cuerdas vocales, para así no tener que esperar el fastidioso turno.
-Pero vamos a ver…,! quien narices piensas tú que del pueblo se pueda entretener en poner esas cosas¡ Del pueblo no es el que…
-Los que no van a venir son los de Terradillos, ni los de San Llorente a poner anónimos a Villambroz.-Le interrumpe Honorato, al que trabajo le cuesta poder terminar-.
-¡Que no hombre no¡ Del pueblo quien va a ser, si nadie ha pedido parcelas, ni se ha oído nada,-dice Alberto-.
-¿Quién va a ser?, pues cualquiera; el que menos te lo esperas.-Inserta Jeremías que se le escapa la sonrisilla socarrona-.
-¡Como no sea algún chiquillo…¡
-¡Si hombre; no los hay, cómo van a … no me fastidies Federico por favor¡ -Esta objeción de Pablo es bien acogida como aplastante por la mayoría rezongona-. Y aunque les hubiera fíjate, ¡no tienen otra cosa mejor que hacer¡
-Bueno…bueno, que donde menos te lo esperas salta la liebre. -Las pobladas cejas de Federico parecen dignos espantamoscas-. Creía haber visto de todo en esta vida, y mira por donde, esta mañana me encuentro de frente en la carretera de Villarrabé con un paisano que válgame Dios la facha que traía. No conté que se estilaba este tipo de gente en estos tiempos.
-¿Y eres tú el que tanto ha visto? –dice Carlos con ligero desdén-. Que no hay piezas por el mundo sueltas ni nada… madre mía.
-Ha mermado mucho esta gente, porque allá antes, hace muchos años quiere decir Pablo, aparecía cada poco un pobre. ¿Echamos a suertes a ver quien le recoge?- Con dos dedos de cada mano fuera de los bolsillos, por no tener éstos cabida para más, continúa.
-Pensándolo bien, se le podemos encasquetar a Honorato que está deseando tener compañía.
El aludido sale de su silencio impelido por el jocoso comentario de su alma gemela. Sigue la broma buen conocedor del carácter de Pablo.
-Tan solo te encuentras tú como yo, amigo mío; así que te cedo el honor, no sea me vaya a desaparecer algún que otro millón de los que tengo debajo de la baldosa.
-No estarás descalzo, pájaro,
Le espeta Jeremías frotándose la calva con la boina-. Carlos, que siendo amigo de esta clase de lances, le increpa dándole un empujón amigable.
-¡Quien fue a hablar¡ Tendrás dinero en reales, medio carcomidos, que no te los cambiará ni el banco.
-Si les tendría ya los habría cambiado, no te preocupes.-A Damián de esas cosas se le tiene por entendido, no en vano maneja letras y números como la guadaña un segador-. Aparte que a Jeremías le tengo por muy listo y no tiene dinero en casa, pero sí muchas acciones.
-Para quedarte sin nada es lo mejor. ¡Venga ya¡ los que tanto tenéis echar mano al bolso y convidar algo de una jodida vez, que de pedir me encargo yo.
Espoleados por la sugestiva proposición de Carlos, enfilamos todos para el bar; no sin alguna zozobra de Honorato, que él solo metido en tal tesitura, echaba de menos la mengua que iba a dejar en su suelto el convite. Por la reacción de los primeros en pasar al bar, caigo en la cuenta de que hoy el tabernero no está solo. No más hago que entrar y mi asombro me detiene obstaculizando el paso. Repuesto algo voy al extremo de la barra, donde medio vaso de vino espera su final sujeto férreamente por una mano llena de roña. El vaso es vaciado por una abertura entre la barba. Como incomodado por nuestra llegada, se gira hacía su casa que en el suelo está, con intención de marcharse, y yo le ruego que no se vaya sin dejar que le invite a otro trago de vino. Ante semejante tentación vuelve a acomodarse en su taburete, sin desplegar los labios ni acercar la mirada. Como una estatua pétrea, espera impasible con el pensamiento y la mirada perdidos en sabe Dios donde.
-Filiberto vamos que hoy el asunto anda caliente, -me apremian para formar la partida-.
-No, déjalo que no juego hoy.
Al decir esto me acerco a ellos, y cuando me vuelvo al forastero veo su taburete vacio. Está el hombre recogiendo el cargador de un teléfono móvil que lo tenía conectado en un enchufe apartado.
-Ponme a mi una cerveza y a este señor lo mismo, Matías.
-Deme una cerveza si no le importa, por favor.
-Usted perdone, pero como lo que estaba bebiendo era vino…
-No se fie usted de las apariencias. Bebo vino cuando no me queda otro remedio, pero ya que me invita prefiero cerveza. Se lo agradezco de corazón, que lo sepa; y también que le devolveré el favor. –Después de un rato sin yo poder articular palabra sale en mi ayuda-. ¿Es que no conoce el cuento del león y el ratón? –Como no salgo de mi particular asombro continua-. En cierta ocasión un león respeta a un ratón y le perdona la vida. Este último le promete devolverle el favor entre las carcajadas del león que no ve forma de que tal cosa pueda suceder. No tardó en comprobar lo equivocado que estaba. El león cayó prisionero en una red, y el ratón le salvó la vida cortando la trampa con sus afilados dientecillos.
-No se lo tome a mal, pero al verle con el teléfono…
-¡Ah…acabáramos¡ ¡Cómo un vagabundo puede llevar móvil¡¿no es eso? -Quiero decir algo pero me corta -. No se preocupe usted, estoy bastante curtido, y por otra parte, le entiendo perfectamente. Sepa usted que este teléfono sin saldo es lo único que me queda, no es mucho ¿verdad?
-Juraría que como usted apunta, no es lo que parece.-Noto en sus ojos cierta sonrisa forzada-. Si no es mucha indiscreción me gustaría saber hacia donde se dirige.
-A Badajoz.
-Pues anda que no cae lejos eso.
-Si, sobre todo para mí.
-Y en ese Badajoz ¿que tiene?; ¿por qué quiere ir allí?
-Solamente un tío carnal, lo único que me queda en este mundo.
-¡Como es eso, no tiene más familia¡
-Ya se lo he dicho.
Estas palabras sacadas a remolque no son suficientes para satisfacer mi inagotable curiosidad. Me hice ilusiones de que este hombre podía ser más comunicativo. Me propongo por todos los medios hacer que recupere la locuacidad que antes apuntaba. Esto me supone una necesidad insuperable. Lo que antes era simple curiosidad, se ha trasformado en avidez casi patológica por conocer la casi seguro, patética historia encerrada entre esas greñas. Pienso la forma de conseguirlo, pero se me embota la cabeza. Al fin decido mostrarme ladino; no quiero apotegmas e intento darle confianza para que deje de estar en guardia contra mí. Para empezar le pregunto su nombre que todavía no conozco.
-Señor, no nos hemos presentado. Me llamo Filiberto, y usted…
-Yo me llamo Francisco, y perdone que no esté todo lo agradable que desearía.
-Y cómo es que anda usted por estos terrenos. De donde viene usted, que como pienso va de paso hacía Badajoz.
-Por bien pagado puede darse de la cerveza a la que me ha invitado con lo que ya le contesté.
-Antes dijo que el teléfono móvil es lo que conserva, ¿de qué? ¿De una vida radicalmente distinta quizás?
Con aire de fastidio apura la cerveza, se levanta y se dispone para coger su casa. El fracaso me cae sobre la cabeza, se marcha, no me contará nada más. Intentando entrarle suavemente, resulta que le espanto con mis preguntas demasiado profundas. Maldigo las tácticas, a partir de ahora lo haré espontáneamente, pues a pesar de todo no me doy por vencido. Viendo que se marcha sin atender a razones, le cojo del brazo como un padre enfurecido haría con un hijo desobediente, y una vez en la calle le increpo de la siguiente manera:
-¡Vamos a ver caballerito, vamos a ver¡ -A juzgar por la cara de espanto de Francisco, puedo ver la mía, que no distaría mucho de la de un troglodita herido en las uñas-. Resulta que llega a un pueblo donde no encuentra más ayuda ni consuelo, si no es la de este pobre viejo; porque eso es lo que intento señor mío, ayudarle si usted no es tan pazguato y necio que me lo impide. Le ofrezco ayuda y la rechaza, pero cuando usted la pide y no se la dan me manga la marimorena con el anónimo de marras. Señor mío, lo que suele pasar con esas bromas es que el vecindario se enemiste; que si fue este, el otro, Fulanito o Menganito. Así que se me comporta usted en adelante, o de lo contrario, le daré tal puntapié en el trasero, que a resultas tendrá solucionado su viaje a Badajoz, y aun habrá de desandar lo volado.
El poco rostro visible de Francisco se torna de la palidez que deja pasar su curtida piel, al rojo más encendido si no fuera por la roña. Compungido y asombrado, intenta con mala dicción decirme algo.
-¿Cómo sabe lo de…? quiero decir… me vio la otra noche…
-No te esfuerces, muchacho. No lo sabía hasta que tú no lo has dicho.
-Entonces… no entiendo.
-Pues es muy fácil hombre. Después de unas averiguaciones sospeché de usted, y a riesgo de meter la pata hasta el mango le tendí la trampa, en la cual cayó como un corderillo. Yo sospechaba; usted se delató, de lo cual deduzco que es usted honrado, con conciencia. ¿Sorprendido? Como bien dijo usted antes, no conviene fiarse de las apariencias.
-Y desea pasar de las deducciones a las concreciones. No tenga cuidado, yo le haré saber todo lo que quiera y más incluso. Eso sí, mañana; que hoy es tarde y dentro de poco tendrá que cenar.
Satisfecho del resultado de la engañifa cruelmente practicada, decido seguir con la línea dura. Infiero pasar al trato afable y cordial inicial, de forma gradual. Veremos lo que consigo.
-Usted hará bien en obedecer. Cenaremos no sin antes darse un buen baño que falta le hace… no me interrumpa, y por el camino a mi casa haremos boca de eso prometido.
AMANDO VELASCO GONZALEZ
Villambroz mayo 2010
Por: Basilio Velasco Delgado | General | Comentarios (0) | Referencias (0)
Viernes, 23 de abril de 2010
6
Por la tarde voy a visitar a Romualdo, que de vez en cuando gusto mucho de disfrutar de su probidad rústica. Este señor tiene ovejas y bastante campo. Uno de los “jóvenes” del pueblo rayano a los cincuenta, de extraordinaria laboriosidad, y cuya máxima es vivir y dejar vivir. Me lo encuentro barriendo las canales para echar de comer, y como siempre, alegre y afable.
-Buenas tardes, Romualdo. Qué, preparando antes de que llegue la “renfe”.
Lo de la “renfe” es una ocurrencia de Federico sobre el rebaño de ovejas, y tiene que ver sobre las idas y venidas al campo para pastar
-Ese pienso tiene algo trigo envuelto, ¿no?
-Hombre, Filiberto, hacía tiempo que no se te veía; como no voy con las ovejas como antes…Si echábamos unas buenas parladillas allá por el campo cuando iba con las ovejas, si.
Coge el saco lleno hasta tres cuartos, con una mano por arriba y la otra por abajo, lo inclina sobre la canal hasta que cae lo que quiere, y a la vez va pasando el saco por toda la canal andando más o menos deprisa según la cantidad de grano que desea que coman las ovejas. Haré notar por si hay alguna duda, que los años han conseguido una admirable precisión en esta maniobra, como en todas que se practican a diario y con gusto
-¡No te vayas a pensar que esto no es más que avena, amigo mío¡ - Habla y trabaja con una celeridad pasmosa-. Esto tiene sobre un quince por ciento de trigo, y aparte, bastante soja que tiene muchísima proteína. No te creas que van en balde, no.
-¡No hay más que verlas¡ Estas tus ovejas abultan el doble que las de antes; encima de malas no se las daba de comer, ¡qué iban a dar¡
La cachaba se agita en el aire por exigencias de la conversación y porque no tiene mejor cometido que desempeñar.
-Claro que así darán.
-Si dan, si; disgustos.
Me mira Romualdo sonriendo mientras sube y baja la cabeza ligeramente
-Ya sabes lo que dice Federico: “con estos animales son más los sufrimientos que los rendimientos”, y tiene toda la razón. Mira; si me pagaran las horas que meto en el corral… ¡No me quejo ¿eh?¡ De sobra sabes que trabajando soy más feliz que el que está en el bar echando la partida. ¡Pero vamos, no deseo esto ni a mi peor enemigo¡
-Esto lo mamaste, y eso se nota.
-Y tanto que lo mamé, pero no sólo influye eso. Otros también lo mamaron y huyen de ello como de la peste. ¡Cada quien es de una manera y es bobada¡ Mirando no puedo estar, me es imposible.
Viene hacia mí con el saco ya vacío para dedicar un rato a la visita, que en este caso soy yo, y el rato le saca aunque no lo tenga.
-¿Querrás creer que esta mañana cuando fui al tendejón donde tengo la paja a soltar a los perros, me encuentro a uno durmiendo? ¡No veas cómo roncaba el tío¡ No sabía que hacer; si llamarle, dejarle o ir a por la escopeta. Al final me dije que lo mejor sería no hacer nada, no vaya a ser que le eche y luego me prepare alguna.
-¡No me digas¡ ¿Tenía por casualidad barba larga, una mochila grande y de unos cuarenta años?
-Pues sí; pero ¿cómo lo sabes?, o es que le has visto tú, -me dice asombrado-.
-No le voy a ver si pasó por delante nuestro y nos preguntó si había una tienda.
- No me digas más. Este es un vagabundo que anda por aquí de paso y mejor…
-Oye Romualdo, me dan ganas de espiarle y seguirle para ver si viene y charlar un poco con él.
-Pero tú estás loco o qué. ¡Sabes bien lo que dices¡. ¿Acaso no piensas que te puedes encontrar lo que no buscas? Te puede clavar una navaja, vete a saber… Si no te conociera diría que estás de broma.
-¡Por suerte me va a clavar la navaja, no faltaba más¡ Hablas como una vieja de las de antes. Bueno Romualdo, que no te quiero entretener más, no sea que venga la “renfe” y no tengas las canales preparadas. A todo esto, la caza ya se termina ¿no?.
-Falta poco. Total para lo que he ido este año… Por la afición que tengo; pero si es que no tengo ni tiempo.
-Cómo lo vas a tener con lo apurado que andas siempre. No entenderé que tengas un rato y lo dediques en dar patadas por las tierras en vez de descansar. Eso queda bien para un oficinista que todo el día lo pasa sentadote, pero uno como tú…
Hace ademán de marcharse pero no acaba de irse. Le noto pesaroso por no poder dar más cumplimiento.
-A mí la caza es algo que me gusta por vivir. No tengo más vicios que la caza y el futbol; aparte del de trabajar, que no sé si será vicio o qué
No puede evitar mostrar su entusiasmo hablando de estos temas.
-¡Que todos los vicios fueran como esos¡ Bueno Romualdo, ya hablaremos en otra ocasión. Ahora vete a lo tuyo. ¡Hasta luego…, hasta luego¡
Hube de dejarle con la palabra medio en la boca, por miedo a que de otra manera no me soltara. Amén de los quehaceres perentorios que siempre acucian a este hombre, yo no tengo otra cosa en la cabeza que lo de llevar a efecto mi inusitado plan. Para ello me voy a dar un recorrido por el pueblo, pensando que si es preciso, preguntaré a la gente, sin desvelar mis intenciones, porque no piense nadie que el riego sanguíneo no llega en las debidas condiciones a mi cerebro. Cosa que por cierto, ni yo mismo estoy en condiciones de asegurar que no sea cierto.
AMANDO VELASCO GONZÁLEZ
Villambroz 2010
Por: Basilio Velasco Delgado | General | Comentarios (0) | Referencias (0)
Lunes, 19 de abril de 2010
-Mire, Anselmo, que tipo tan raro. ¡De donde saldrá ese elemento¡
Nos encontramos a la altura del puente de Villambran, y a unos cien metros viene la figura a la que antes aludí. A medida que se acerca mi espanto va en aumento.
-De por estos pueblos no es, desde luego, -dice Anselmo gravemente-.
“Menos mal que has dejado de reír, pájaro,” -pensé para entre mí. El esperpéntico personaje se le puede encasillar como vagabundo, pobre de aquellos de antes que tan a menudo se veían. Cuando llega a nuestra altura nos pregunta casi sin mirarnos:
-¿Hay alguna tienda en este pueblo?
-Pues si señor. -Como espera más detalles y no pregunta, le aclaro- en la principal calle de entrada por la carretera de Saldaña, allí verá usted el cartel.
Sin decirnos más siguió su camino, y a nosotros nos dejó perplejos. Era un hombre joven, de unos cuarenta años, que bien pudiera ser incluso menos, si tenemos en cuenta su lamentable aspecto. Alto, atlético, proporcionada su forma corporal y sus líneas faciales. Ojos marrones que irradian cierto patetismo, furia apagada y algo similar a honradez. Su frente exenta, ni siquiera de ligeros surcos, y su nariz correcta como una escultura griega. Su tupida barba morena, de dos meses por lo menos, y su greñuda cabellera esconde todo lo demás. Se cubre con un gorro de lana de color negro con una franja gris, mal encasquetado. Abrigo de plumas azul oscuro con otros colores en piezas de adorno, de estilo joven; pantalones vaqueros deslucidos y rozados, camisa de cuadros de leñador y jersey de cuello alto. Sus zapatillas de deporte, raídas y con la suela algo despegada, se alejan acompasadamente dejándonos ver la mochila que sobre sus espaldas porta. Diríase que su casa la lleva a cuestas, y que de no estar tan andrajoso y desharrapado, bien podría pasar por un peregrino intentando hallar el camino. Harapiento y desaliñado, pero…si le vieran mis ojos arreglarse ¿creería yo que mis ojos no me engañaban?
Un halo misterioso envuelve a ese señor, y yo pagaría un precio alto por desentrañarlo. Hago a Anselmo partícipe de mi pena por ver a un joven hecho semejante adefesio.
-Tienes razón, es una auténtica lástima. Tendrá problemas de drogas el pobre. Ahora, tiene toda pinta de ser un ilota. ¡Qué lo vamos hacer, tendrá que ser así¡
Con el alma torturada ante la visión de semejante desgracia andante, seguimos adelante llevados por la inercia de nuestras piernas.
Claro que desgracia; para sí mismo en primer lugar, para su familia y para su país, que un hombre joven y productivo en ese estado es un fracaso para la sociedad. Pensando los dos en la peculiar historia que sin duda arrastra ese hombre, caminamos en silencio, solo roto por las exclamaciones de alarma que nos arrancan de nuestros pensamientos divagantes. Ensimismados, no advertimos la presencia de tres mujeres en paseo de vuelta, ya que la hora de comer se acerca. Daniela, Conce y Sole, la que primero habla, dan clara muestra de su nerviosismo.
-¡Habéis visto a ese hombre las pintas que tiene¡ Te digo de verdad que me ha dado miedo. ¡Quien será Dios mío¡ No ande por aquí para mangar alguna…
-¡Qué va a mangar, mujer¡ Es un pobre hombre como los que venían antes de vez en cuando, ¿o es que ya no os acordáis de aquellos pobres que pedían por las casas?, -contesta Anselmo quitándome la palabra de la boca-. No tengáis miedo que parece inofensivo.
-¡Cómo no vamos a tener miedo con un hombre de estos por el pueblo¡ Yo, digáis lo que queráis, pero no estoy tranquila hasta que no se marche con mil “padesantos”. -Conce prosigue con vehemencia-. El otro día la Nata me dijo que un hombre con unas barbas terribles llamó a su casa pidiendo dinero o algo así, y que como no se lo dio, pues que no le debió de gustar mucho, no creas.
Lo contaba atemorizada la mujer, y no es para menos. Si llama a mi casa le tranco la puerta fíjate…
-¡Hombre… no seáis así¡ Tiene trazas de necesitarlo de verdad.
-No digas bobadas, Filiberto, que luego bien fuman y de todo; y eso que no tienen qué comer. -Daniela no ve más allá de lo que tiene delante de los ojos, ni aún eso-. Estos mangantes no están más que a mangarla, te lo digo yo.
-¡Qué vas tú a saber¡ -contesto algo irritado-. Si no se mete con nadie habría que echarle una mano, y no de casa, es lo que pienso.
Conce, de Concepción, prototipo de los desmemoriados remata:
-Yo, si por mi fuera, daba parte a la Guardia Civil; ¡vaya barbas y qué pelazos¡
¡Cómo hemos podido llegar a este afelio sobre la razón y en tan poco tiempo¡ ¿O es que hemos de deshumanizarnos más aún, por habernos salido de la órbita que asegura la vuelta al orden, condenados a una línea recta que nos impedirá volver sobre nuestros aciertos, en vez de utilizarla para no caer en nuestros errores? ¡Cómo se puede ajar a alguien sólo porque nos incomode sus greñas o sus desventuras¡ Si no es malo terminaremos por hacerle nosotros. Asaz de estas y otras inferencias chuecas, llegados al pueblo, me meto en casa siendo ya hora de comer.
AMANDO VELASCO GONZÁLEZ
Villambroz 2010
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Martes, 13 de abril de 2010
4
Estando a principio de febrero, en el que se está un rato al sol y otro al humero, un día de los que se puede estar al sol por lo claro y bonancible, salgo de madrugada al leñero que tengo pegando a casa para hacer un poco leña, y pasar el rato entretenido. Rebasado el solsticio en casi dos meses, la claridad del día se alarga de forma muy notoria. A pesar de que han de quedar jornadas de crudo invierno, el espíritu se abre como la crisálida; aumenta el optimismo tanto como mengua la tristeza, dan ganas de salir, de pasear, de charlar, de gastar, de vivir…Será por eso que cojo el hacha con demasiadas ganas, no dosificando el esfuerzo como se debe, tratando con un cuerpo que no hizo tamaño esfuerzo hace lustros. Por esto, o por la cantidad y dureza de los años pasados, el caso es que bien pronto vi trocadas las ganas de trabajar por las de pasear; y como estando en una etapa de la vida en la que estos lujos uno se los puede permitir, recojo la leña cortada y doy rienda suelta a mi deseo caprichoso. Bien pronto constato que otros tampoco opusieron mucha resistencia en la lucha decisoria entre el trabajo y el esparcimiento. Distingo un grupillo de jubilados en la carretera que charlan con gran parafernalia. Encamino mis pasos para unirme a ellos con viva curiosidad.
Me quedé sorprendido del tema del cual trataban, y que no era otro que la aparición de un anónimo en el cristal de la puertecita donde se clavan con chinchetas los edictos. El tal pasquín, al parecer lo escribieron con un rotulador negro, y hace alusión al tema de las parcelas. Ni corto ni perezoso vuelvo sobre mis pasos para ver con mis propios ojos el nefasto escrito. Anonadado ante la visión de la obra anonimia, doy por cierto el hecho que no me acababo de creer. Me acerco a pocos centímetros con el afán de estudiarlo escrupulosamente. Me dedico primero al mensaje, y observo que efectivamente, hace mención a las parcelas, pero sin mucha propiedad; algo no encaja.
A fuerza de leerlo varias veces, caigo en la cuenta de que no sólo se trasluce clara aversión al pueblo (sobre todo a la gente), sino que creo ver en ello el verdadero motivo del escrito. Según mi parecer, el mensaje estaba desvelado, pero, ¿quién podría se su autor? Para dar alguna luz al caso, me fijo en la ortografía y caligrafía. Nada incorrecto, a excepción de la carencia de comas. Bien pudiera ser que aún siendo buen escribiente, el temor y la prisa, le obligasen a ello. No hubiera temor si la hora elegida habría sido estudiada de antemano, ya que es casi imposible ver a nadie bien entrada la noche. Si quitamos el temor a ser descubierto, la prisa no tiene sentido. Los rasgos caligráficos los veo claros, bien definidos, con fallos de práctica, es decir, como de alguien que ha escrito mucho y muy rápido. También pudiera ser que esté acostumbrado a mandar mensajes con teléfonos móviles, y por lo tanto a cometer los más irracionales y esperpénticos atentados contra la ortografía. Las letras van decreciendo en tamaño y en ortodoxia de ejecución a medida que avanza la línea. Paréceme este detalle muy importante, ya que me da a entender, que estamos ante una persona inconstante y con escasa fe en si mismo. Concluyo que sólo un chico joven encaja con esa escritura, y que ha de ser del pueblo; pero eso es imposible. Apenas si hay jóvenes, y no tienen motivos para despotricar esa sarta de sandeces. Doy por terminadas las pesquisas con la cabeza atestada de datos y una retahíla de sospechosos dando vueltas en ella.
Con afectación detectivesca me vuelvo a la carretera donde dejé el coloquio, pero en la intersección con la calle Real, cambio de idea; sigo dirección contraria para que nada estorbe a mi único afán en este momento, que no es otro que pensar en tan extraño suceso. Calle arriba, a la altura del frontón, distingo a lo lejos por la carretera de Villambran, una figura con cortadura de gran prosopopeya. Camino deseando no encontrar a nadie y no cortar el hilo de mis conjeturas en punto tan interesante. Nuestras trayectorias se cruzan en el arranque del camino Villota, con ventaja para mí. Como quiera que la figura apretase el ritmo con intención de alcanzarme, hube de resignarme a pensar en el caso en otra ocasión.
Un sucinto saludo por la espalda proyectado, me obliga a detenerme y mirar atrás.
-¡Alto ahí Filiberto¡
-Buenos días Anselmo; qué… ¿dando una vueltecilla?.
-¡Pues si¡
Digo…, a este tío ¿que le pasa hoy? Te llamé antes y tú nada, ni te enteraste. Menos mal que tengo buena pierna; en otro caso no te pillo.
Este hombre, aún de mi descuido descortés, aparenta todo buen humor, afabilidad, probidad y optimismo. La voz fuerte, profunda; contraria a la que saldría de un eunuco, avezado cuidador del serrallo. Cabeza bien poblada y entrecana, ya que rondará la jubilación, y con muchas letras dentro. Cara correcta, equilibrada, sumamente risueña y bondadosa. Por su nariz, se deslizan unas antiparras aviesas y rebeldes, que han de ser puestas en su sitio a menudo mediante un golpe del dedo corazón, acompañado de un levantamiento de cejas exagerado. La estatura supera los ciento setenta centímetros, de complexión atlética y engrosado su tronco.
-¡Qué…¡ a tomar el aire puro del pueblo,-le digo con sincero afecto.
-Si señor, el aire puro y la tranquilidad, que es tan importante o más.
-Bien hombre, bien, -contesto algo afectado ante la inmensa calidad humana de quien es compañero de paseo-. Siempre que puede se escapa para hacernos una visita.
-Tú lo has dicho, Filiberto. No te imaginas las ganas de venir al pueblo, sobre todo cuando tengo temporadas de mucho agobio. En cuanto llego aquí, me desaparece el estrés y la tensión.
Su rostro es la expresión del goce.
-No se sabe lo que valen estos pueblitos, hasta que no se vive en las grandes urbes.
-Hombre, es su pueblo y nació y se crió aquí.
-Claro está que tira mucho, por ese concepto, pero aunque fuese foráneo, apetece mucho esta calma sosegada, sin prisas; sobre todo cuando se vive en una gran ciudad, donde todo son carreras y ansiedad. Sales a la calle para dar un paseo tranquilamente, y te envuelve una turbamulta que aunque no quieras, cuando te das cuenta, te ves andando tan deprisa como ellos. Te dices !pero qué hago yo a toda pastilla¡, si no tengo necesidad de llegar a una hora, si hago un paseo relajado. Y es que te contagias enseguida. Una cosa tremenda, oye. Nada más que veas a la gente cómo compra y arregla casas de los pueblos; que te dices, ese hombre tira el dinero, está loco al invertir en un pueblo. Pero para él es una inversión en calidad de vida y salud.
-Decimos nosotros que bien está algo, pero no tanto. –Poco amante del maniqueísmo, hago saber a Anselmo la idealidad de mi pensamiento-. Por pedir que no quede. No obstante, sin dudar me pido esto! Si vas un día a Palencia y al llegar a casa como que entra uno en la gloria ¡
En estas nos hallamos cuando distingo a lo lejos una silueta rara, que por desconocida me llama la atención; pero tan distante se encuentra, que no doy más importancia.
-¡Qué raro se me hace verte por aquí, separado del grupo, señor Filiberto¡
Y le cuento la curiosa historia que ya sabemos.
-Raro en verdad si es. No falta más que te nos metas a detective.-Mirándome con afectación de risa, y sin cuidado de disimular prosigue.- ¡ Filiberto investigador privado¡ -
No se recata en soltar una sonora carcajada mientras me palmotea la espalda
-Bueno, ¡se puede saber cuales son los resultados de tus pesquisas¡
-Tengo una grima que no la puedo aguantar, qué quiere que le diga. ¡Vamos, que si ha sido uno del pueblo el autor de semejante estulticia…¡ Pero… quien puede ser. No entiendo nada, desde luego.
-Pues si tú no lo entiendes que lo has investigado…
Me dice inclinando la cabeza hacia abajo, para mirarme por encima de las lentes, a la vez que sube las cejas como queriendo levantar los ojos, y estallando en sonora carcajada
-¡Ay que risa madre mía¡
Se da cuenta de la leve displicencia que dibuja mi rostro, y dice
-Perdona Filiberto, comprendo que el asunto no tiene gracia, pero verte de detective a tus años…
Y otro ataque de jocosidad, al que claro veo no puede dominar, por lo que me hace sonreír hasta a mí.
-Ríase todo lo que quiera y a sus anchas. No vayas a pensar que me va a molestar; faltaría más. Pero me intriga de donde puede haber salido ese veneno…
AMANDO VELASCO GONZÁLEZ
Villambroz. abril 2010
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Viernes, 09 de abril de 2010
Sobre tres horas haría cuando terminamos la partida, y nos fuimos todos a casa para cenar, que era de noche cerrada. Nuestros caminos se bifurcan para llevarnos a diferentes puntos del pueblo. Cuando entro en casa compruebo con sorpresa que la cena se encuentra en la mesa; luego entiendo este extremo cuando mi mujer me dice:
-Vamos Filiberto, ¡o es que ya no te acordabas de que tenemos que ir a acompañar a María¡! Venga, espabila ¡
-Todavía es pronto mujer, tiempo tendremos toda la noche de velar.
Salimos a la calle después de cenar, no sin abrigarnos bien, pues el frío de la noche de invierno se deja sentir. Enfilamos por la calle Real arriba, y a medida que nos acercamos comprobamos que la calle está animada inusualmente. Entramos por el cuarto carro, lo atravesamos, así como el enorme patio, y entramos en el cuarto alto. Cruzamos con gente cada vez en grupitos más densos, hasta la sala; la cual se encuentra llena. Todo su perímetro está atestado de sillas, sobre las que se sienta la gente a turnos. En el centro una mesa cuadrada extensible soportando algún librillo y papeles varios. Saludamos a los asistentes, y una ristra de rostros compungidos nos devuelve el saludo.
-Te has dado prisa para cenar, Filiberto.
-No te diste tu poca, Carlos. Además, ya sabes que para comer unas sopas de ajo y una tajada de pescado no hace falta mucho tiempo. –Le contesto en voz baja-.
No bien dicho esto, un hijo de la moribunda se nos acerca, y después de saludarnos muy cariñosamente dice así:
-No os quedéis ahí de pie, sentaos,- y nos acerca un par de sillitas-. Dentro de un ratillo rezaremos el Santo Rosario, por si a mi madre la hiciera falta, y si no, habrá almas que lo necesiten.
Se ahoga su voz, sus ojos se tiznan de color sangre, y en sus párpados inferiores cintila la lágrima pugnando por salir.
En este punto atenderemos a la conversación que entretiene a la concurrencia, por curiosa y por seguir el hilo de los hechos. Sorprendemos a Alberto.
-¡Hombre, si se podría sacar el agua de las tierras no habría caso, eso ya lo sabemos¡ El problema estriba en que no se puede hacer en todos los sitios,…
-Lo que te estoy diciendo es que si no se puede no pasa gran cosa, porque a la planta la pilla fuerte y aguanta bastante. Otra cosa es que el campo esté encharcado todo el invierno.
Federico cortó a Alberto, y ahora Carlos hace lo propio con aquel.
-Pues es el camino que llevamos, muchacho. Será el cambio climático.
-El cambio ese, de momento, consiste en que nieva y llueve cuando le da la gana; ni más ni menos como siempre. -No esconde Procopio el tono irónico y burlón que suele imprimir.-En todo esto me huele a chamusquina.
-Pues claro; como que son todos intereses económicos,- inserta José Luis como quien no quiere la cosa-! Si todo lo hacen las perras, bobo ¡
-Algo de eso tiene que haber, pero cambio se ha dado en el tiempo, no lo vamos a discutir. -Honorato pone al servicio de todos su opinión-. Después de todo, aquellos inviernos de antes ya no vienen; ni aquellos veranos.
-Lo que ya no vienen son aquellos años, -dice Federico- ¡toma que cojorbas¡. Aquellos torreznillos de tocino ¡qué ricos sabían¡ y cuando la matanza, los pingajos de carne que se freían… era gloria bendita. Pero más que nada será que tenemos un montón de años sobrantes, y otro tanto de dientes menos.
-Calla, anda, calla, deja de decir bobadas que estamos en algo muy serio. -La señora Eulalia reprende a su marido en voz muy queda, temiendo el trueque del velatorio a tertulia.
Las quejas y protestas de Federico no le sirven de nada, y mientras tanto me levanto para ver un poco a la enferma, e interesarme por su estado. Paso al cuartucho que a duras penas acoge mi volumen, hasta que salen otros, y veo dos camitas, una a cada lado de la habitación; en medio una mesita. En la camita de la derecha está acostada de lado la señora María. Me acerco y percibo claramente su corto pelo todavía entrecano y su rostro moreno, flácido, con la boca abierta, en lucha con el aire que no quiere entrar, y de donde se escapan de vez en cuando lastimeros suspiros; otras veces ininteligibles galimatías. Sus manos y antebrazos pellejudos se escapan revoltosos del dominio de las sábanas.
Es en este momento fatal, ante la contemplación de la pequeñez y de la miseria humana, cuando me asaltan profundos pensamientos. María nos deja en su cama, donde siempre quiso, rodeada de las mayores atenciones de sus hijos y de todos sus seres queridos, con la compañía y apoyo de su pueblo, con un legado de vida admirable, con la más limpia y pura conciencia… ¡Cómo serán estos postreros momentos para aquel que tenga deudas pendientes que saldar¡ ¡Que horribles tormentos padecerá¡. ¡Cuan grande llegará el arrepentimiento ante la visión de la muerte¡. En el acerbo de la vida, ¡qué diferencia encontrarse en medio de la ciega fatuidad, a hallarse ante la férula muerte¡ El tartufo y el egoísta, ¿adonde encuentra justificación a su execrable comportamiento? ¡Lástima de no tener a mano al sabio filósofo Panglós, que diera luz a mi rústico entendimiento¡. María se va con destino seguro al cielo, pero ¿qué será del malvado asesino que jamás sintió arrepentimiento ni compasión por el prójimo? Enfrascado en tales pensamientos me vuelvo abstraído a mi silla
La charla, tras un corto amaine, se revitaliza. A Federico es al primero que oigo.
-Pues aquella tuya que me linda contra abajo, la parcela de la Senara que hace como a pico, ha cambiao la vela. Estaba buenona, pero…se está quedando.
Se dirige a Adolfo, hombre taimado y falto de pelo.
-Ya la he visto ya. Esa parcela es muy fría, y por mucho agua va mal. De todas maneras esa herbicida me parece que ha sentao mal al campo. Todo ello tiene un algo que ha fallao, y yo lo achaco a la herbicida nueva.
-Puede ser. -Creo saber que José Luis tiene parecido problema-. Estoy contigo que algo raro hay este año con la herbicida; y es que matando todo como mata, ¡cómo no va a dañar algo la planta¡
-¡Qué no sabrán esas gentes, científicos o quien sea, para fabricar cosas así¡ -José Luis quiere interrumpir a Carlos, pero este logra imponerse-. Ten en cuenta que cuando algo sale nuevo, es normal que falle algo, hasta que cogen el traite.
-Esto es como las cosechadoras y todo en general.
El brillo de los ojos de Federico y su sonrisilla pícara produce espanto en la concurrencia ante lo que está por venir
-Os acordáis de la máquina cosechadora, aquella primera que tuvo Simón… Pues resulta que me cosechó una parcela del Monte con un trigarral imponente. Llamaba la atención el trigo que tenía…, si lo recordareis bien vosotros. El caso es que iba en la máquina atando los sacos, como en una veldadora ya sabéis, lo único que cuando se llenaba el saco se ataba y se dejaba caer a la tierra y la máquina seguía andando sin parar. Venga vueltas y vueltas, y apenas se llenaban sacos. Yo pensé para entre mi que no podía ser, estando la tierra como estaba de buena. Termina de cosechar la tierra, bajo al torno, y veo que estaba la espiga con la mitad de grano.
No puede evitar una risa clara, máxime con el efecto de animación que suscitan su palabras y de lo que es consciente
Le digo a Simón, “oye moreno, pero qué me has hecho, la tierra está sin cosechar estando en el suelo. No has apretado los trillos, o qué demonios ha pasado”. El otro mientras se baja de la máquina con cara de perplejidad me pregunta: “no fastidies; deja mucho grano o qué”. Y yo le digo abriendo los brazos, “mucho no, la mitad por lo menos”. Pues chico, cogimos y la cosechamos otra vez, metiendo el torno que dejó la máquina antes, y até cuatro sacos más que en la primera pasada, y todavía no lo cogimos todo, no vayas a creer.
El ambiente de hilaridad era muy evidente
-Diferente es ahora con la maquinaria moderna esta que hay. Por eso te digo que la quintada no te la quita nadie.
La señora Eulalia le toca la pierna disimuladamente.
-¡Mejor sería que te callaras un poco¡ Por Dios señor, mira que este hombre no poder callar, ya tendrá trabajo.
Mueve la cabeza para arriba y para abajo, manifestando la más viva desaprobación y continúa su alegato
-Ya le digo que siempre me tiene que dejar en ridículo delante de todos en estos sitios. ¡Que dirá la gente!, todos formalitos, y tú diciendo bobadas, Dios mío.
Con aire de paternal fruición intercede un hijo de María.
-Déjale mujer, no nos quieras quitar a nuestro Federico
Y mientras acaricia amorosamente su hombro adquiere un tono de gravedad y se dirige a Juana.
-Y ahora vamos a rezar el Santo Rosario, que si no la de mi madre, alguna alma ha de estar necesitada.
Dicho esto, como algo preparado, comienza un nuevo Rosario que guía magistralmente Juana, y que todos seguimos devotamente. Acabado el panegírico me levanto. Mi intención es ver un ratito a María y estirar un poco las piernas. En el cuartucho reina fervorosa atención a la enferma. Un hijo en su cabecera la acaricia la cabeza, y a la vez, la limpia los labios con un pañuelo. De repente se quiere incorporar con un movimiento súbito. Un temblor convulsivo agita su cuerpo. Sus ojos se pierden en un laberinto impenetrable. Parece que una potencia física invisible, cansada de esperar el momento fatal, la hubiese cogido y la sujetara para terminar con ella sobre su lecho de muerte. Al fin cedió el encarnizamiento de la naturaleza enemiga; sus miembros flaquean, parece recobrar alguna conciencia. Apreta la mano de su hijo, quiere hablar pero le falta la voz. Resignada, su respiración se hace lenta y penosa. Pocos segundos después, María, había dejado de existir.
-Ha muerto, - comunican.
Alguien dice:
- “vamos a rezar por su eterno descanso, y que Dios la acoja en su seno”.
Con consternación mal contenida, todos con fervorosa devoción rezamos: hasta la triste hora de la mortaja. Entrañablemente conmovedora fue la misa de entierro; pero esto, como todo, pasó; que el presente no deja de ser una fina línea en la que el mejor equilibrista no aguantaría un parpadeo.
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Martes, 30 de marzo de 2010
2
-Vamos a comer cada quien a su casa
Y así es como el grupillo se va desmembrando en un dispersión lenta y pausada. En la puerta de casa me llega a la cabeza este pensamiento: “los tiempos de las sopas engrasadas con manteca y de los calzoncillos de concejo ya pasaron, pero de qué nos vale. Lo que antes había en poco –si lo había- y cuando estabas malo –si acaso- hoy ni ganas tenemos de ello; si es que no te lo tiene el médico o los dientes prohibido”. Sea lo que fuere como mi santa mujer, y me tiendo cuan largo soy en la trébede calentita, bien alforjada de ropones.
Al poco rato oigo con los ojos cerrados y luego con ellos bien abiertos:
-Filiberto, ¿piensas estar toda santa tarde tumbado? Anda por ahí con la camarilla. Arrea que te vas a atontonar en la trébede.
No pude menos de levantar, coger la boina, el tabardo, la cacha y salir a la calle, algo animado por la claridad que ofrecía la tarde. Al remanso, casi hasta calienta. Enfilo la calle, y advierto la inconfundible silueta de Alberto Bambré. Cuerpo pequeño en cuanto a corto, pelo blanco y escaso tapado por la boina algo pequeña y vencida a izquierdas. De rostro blanco algo tiznado de colorete, sonrisilla entre traviesa y socarrona con expresivos ojos azules. Lleva tabardo con el cuello subido y las manos hundidas en sus bolsos. Debido a la diferencia de paso, luego me pongo a su altura.
-¡Buenas, Alberto! Parece que llevas frío; con la tarde tan buena que hace hoy.
-¡Eso parece! El caso es que ando como escalofriao. Echo la culpa a esa vacuna de todos los demonios –la gripe A- que nos pusieron la semana pasada.
-De todas maneras, fíjate al doblar la esquina cómo sopla. Y eso que el aire viene de gallego.
-Me dí cuenta. Y también que las nubes son cada vez más gordas. Mucha carga sale por allá.
-Esta mañana el asunto –referíase a la solana de la mañana- ¿estuvo animado? Lo digo porque he visto ocupados a unos cuantos y pensé que había poco jaleo.
-No hubo mucho personal que digamos, pero lo pasamos bien, sobre todo, con esto de la pista esa. Este Pablo es la órdiga, -el recuerdo le trae la sonrisa a la cara.
-¿De qué pista hablas? –pregunta impaciente, picado por la curiosidad.
-De esa que preparan para que aterrice la avioneta.
-No me la mientes –y sonríe entre algún aspavientos. Venía yo por la Cañada de abajo, cuando un ruído fuerte por detrás me asustó. Claro, al tener los oídos un poco duros, y hacer tanto ruído, me digo, qué podrá ser. Y yo notaba –poniéndose serio prosigue su narración- que se acercaba rápido.
-Por poco te asustas tú, -le interrumpo sécamente con ánimo de chincar un poco.
¡Quiá! Yo que me vuelvo –va aumentando el volumen de su voz, así como la rapidez de su locución- y veo una avioneta venir directa hacia mi en vuelo rasante… Cuando llega cerca de donde yo estaba, sube hacia arriba que se mata, -acompaña con un frenético gesto con el brazo.
-¡Hombre, no será para tanto!
-No subió ese chisme hasta cerca de donde estaba yo, como te digo.
Nos reímos un rato a cuenta de tal situación y entretanto llegamos a la carretera donde ya hacía espera Jeremías, con la boina en horizontal, mirada como míope y porte gallardo en otro tiempo.
-Buenas tardes, y buena siesta, por lo que veo.
-Lo que pasa es que tú comes a la hora de las gallinas y luego no paras en casa.
-Ya sabéis que madrugo pa todo. Salgo pronto y entro pronto.
-Oye Jeremías, no sabrás si han pagado todos el agua esos. –Le escruté con pocas esperanzas de éxito
-No sé nada, no.
-Dicen que alguno no paga el gasto del agua hasta que los labradores no paguen el agua que sacan del depósito de la herbicida, –dice Alberto el cual denota incomodidad ante tales asuntos.
-Yo digo que por veintemil pesetas que gastan al año de agua los labradores, ni eso se les puede regalar, hombre… después de que son ellos los que sostienen los gastos del pueblo. ¡Qué ignorancia!
Eso dice el apasionado Carlos, que así, de este modo se incorpora a la tertulia ya animada; causa de que no advirtiéramos su llegada.
-Ahora toca un poco de política, -advierto yo-, pues hoy no entramos por estos verenjenales.
-Aquí ni verenjenales ni narices. -Carlos va perdiendo el tono serio y se trueca por tufillo de broma y chanza- Y si hay que poner a Zapatero o a quien sea, a caer de un burro se le pone, mira que…
No se notaba a Jeremías molesto por el rumbo que tomaba el coloquio. En cuanto a Alberto, yo diría que le agradaba.
-Bien estaría que se metieran con Zapatero y si fuera la oposición mejor.
-Es mejor que nos hagan de todo, y nada bueno, y como que tal cosa, –exclama el acalorado Carlos.
-No nos quejemos tanto, al fin y al cabo, estamos en una democracia y tenemos lo que nos merecedemos.
Se me ocurre comentar, haciendo un poco de abogado del diablo, a lo cual contesta Carlos ya encendido.
-Lo que somos es un atajo de tontainas; es como se explica que nos den lo que tenían que quitar según prometieron, como el paro, el aborto, tropas a la guerra de Afganistán; y nos quiten lo que es su deber conservar y mejorar en lo posible, como los crucifijos en las escuelas, que es lo mismo que nuestra cultura de la civilización occidental cristiana, unas relaciones exteriores fuertes, el tejido productivo, entre otras.
-Eso es como todo –intercede Alberto- a unos les gusta y a otros no. Ya se sabe que los colores son para agradar a todos los gustos.
Cuatro palabrillas que no sabe ni él lo que dice y cuatro mentiras, y todos contentos. Bien es cierto que esta gente eleva a categoría de arte la demogogia, el discurso fofo, vacío y sin sentido.
El cielo se encapota, se entristece la tarde. Las nubes parece que aminoran su veloz carrera, y a ras de tierra el “gallego” arrecia húmedo. Se hace molesto el viento que de cara pega. Lo hago notar a los demás, y con su aprobación decidimos adelantar la partida en el bar “los moteros” para prevenir cualquier mojadura. Uno de los asistentes, Jeremías González, una vez abierta la marcha comenta:
-No sabemos cómo se estará en el caseto de espera del bus. Podíamos meternos a dar un poco tiempo.
-Cómo se ha de estar –apostrofa Carlos burlón, a quien la idea de retrasar la partida no le hace ninguna gracia- ¿Sabes cómo se está en la Venta Perales? Vayamos al bar que a poco, se ha de estar mejor.
Y así es como termina este día de tertulia solariega, siendo floja de asistencia, pero instructiva como siempre.
Amando Velasco González
Villambroz 2010
Por: Basilio Velasco Delgado | General | Comentarios (0) | Referencias (0)
Lunes, 21 de diciembre de 2009
¡ V I L L A M B R O Z !
1
¡ Villambroz ¡ ¿Quién eres tú? Anonadado
estoy ante tu quietud. La paradoja
del pastor, del rebaño, del arado,
que atesoras celoso en tu congoja.
Dime ¿quién eres tú, manso Villambroz?
Sí, eres sol, tierra, aire, o tal vez, cielo
esculpido con valiente golpe de hoz,
y forjado con impetuoso cielo.
Tú que sabes donde te encuentras: dilo
Emula al más sabio, tenaz trovador,
que no amamantaste ningún Camilo
Lo has de contar por rudo trabajador.
Con el toro por los cuernos cojo el hilo
haciéndome de tu gloria portador.
2
Naciste entre zurrón, flaco ebaño,
cayado, bragos, polainas y pastor,
pastando se pasaba todo el año
hasta que no quedó más que algún motor.
Uno más de los Veinticinco Sitios,
receloso entre fronteras por songa.
Sin igual en tus castellanos estíos
en la seca tierra la mies lironda.
El agua escasea por la superficie,
pero sobra por tu profundidad
para lavar venerable calvicie.
Tú no atesoras grande locuacidad
cual todos de interior altiplanicie;
esto todo con la mayor brevedad.
3
Como tecolote anda por la noche,
así corre el arroyo en el solsticio
que ha de ser el de verano, derroche
de agua por el otro; ¡Qué desperdicio!
De aire limpio, puro, diáfano, sano
fabricado por bosques aledaños
de pinos puestos por humana mano,
así; entre banquetas, como peldaños.
Ambrosía de dioses, leche de vaca,
guardada por un solitario establo
si no comieran pienso ni alpaca.
Ya lo comerían de pasto, ¡¡diablos!!
Mejor manjar que la misma albahaca,
remolacha, alfalfa u otro vocablo.
4
Una vena une Sahagún y Saldaña,
que de norte a sur correteando,
partiendo los campos sin ser hazaña,
a Villambroz sigue beneficiando.
¡Villambroz! ¿eso eres tú? Claro que sí.
Eso y mucho más. No hay por qué dudar.
Yo te exalto con divino frenesí
desde las eras, las viñas, al lagar.
Este sentimiento tienes que poseer
por este nuestro pueblo de Villambroz;
no dejes su alo misterioso perder.
Joven, viejo, maduro, mayor, precoz.
¿Qué es Villambroz? No es, sino, tu propio ser;
Para nosotros lo mejor del alfoz
AMANDO VELASCO GONZÁLEZ
Villambroz 17 diciembre 2009
Por: Basilio Velasco Delgado | General | Comentarios (0) | Referencias (0)
Domingo, 20 de diciembre de 2009
A las diez de la mañana, en un tiempo otoñal como éste, aún no se han desperezado los “no activos” del pueblo. Los días se acortan sensiblemente. El sol se oculta ya cerca de Valdarina, -desde Valdeazme que lo hacía allá por junio y julio- El campo está sembrado y nacido. A éste le divide la carretera en dos “hojas” –que ya no rigen; la hoja de arriba al NO y la hoja de abajo al SE. Los chopos apenas ostentan un puñado de hojas zalameras en lo alto de la copa. Con las noches, ya muy largas, hay que aprovechar los ratos de sol para la charla con los vecinos. Pausadamente, sin prisa, me dirijo a la carretera donde tenemos la solana; el sitio donde nos juntamos los viejos del pueblo para hablar y pasar el rato, y que es variable, según apetezca sol o sombra.
Llegado el momento de presentarme, juzgo descortés posponer tan necesario deber. Filiberto Cortázar es mi nombre, no menos de sesenta y tantos años, todos ellos vividos en Villambroz. Aunque no tenga la edad de jubilación, lo cierto es que lo estoy desde hace unos años por invalidez. Dicen que tengo un semblante correcto, algo rojizo que se acentúa en los acaloramientos de las discusiones, humilde sonrisa y corto cuello. A veces gasto sombrero de ala corta, habitualmente la boina común. Mi porte es curioso: pasos largos, con el pie que adelanto al andar parece que piso clavos e intento que no traspasen la suela del zapato, dando al acto un tinte y exageración. En las cadencias bajas se balancéa el cuerpo y en ritmos vivos los brazos acompasan su movimietno ostensiblemente. En la mano derecha porto una cachava que vuela airosa, haciéndola sonar contra el suelo de vez en caudno. Para expresarme oralmente me cuesta Dios y ayuda. En mi mente veo claro lo que quiero decir, pero no puedo sino cambiando el nombre a las cosas. La gente de Villambroz ya conoce mi particular lenguaje, y aún así, a menudo me desesperan hasta que les hago entender algo por todos los arrodéos y vericuetos por donde les llevo. Yo mismo, lo reconozco, me vería gracioso cuando no atino a nombrar una cosa o persona, e intento hacerme comprender. Cuando esto me cuesta se me agudiza la bizquera.
Estando en la calle Real, desde la travesía que nos trae de la plaza, ya observo movimiento de gente hacia la carretera. Distingo claramente a Honorato de la Horna y a Pablo Llorente, a pesar de la catarata. El primero con la pierna derecha de palo, amputada la suya por la rozadura de un zapato. Su boina ladeada a la derecha cubre una gran calvicie. Cabeza pequeña, ojos penetrantes y despiertos –el derecho con la pupila blanca y buena parte del iris-, nariz afilada y tez moreno-rojiza. Da un aire de ser poseedor de cierto abolengo ancestral, improbable, por cierto. Para andar coge la pata de palo con la mano derecha, a la altura del bolsillo y la mano izquierda maneja la cachava.
El otro es Pablo, zambo, corto de piernas, cabeza grande con venerable calvicie y orejas en proporción. Vivarachos y claros ojos, nariz prominente terminada en punta redonda y chata. Del surco vertical de las comisuras de los labios emergen las mejillas, y los labios son gruesos y poco definidos. Panorama general del rostro, colorado por el rojo de la sangre sobre tez blanca, sin apenas arrugas; e impresión alegre y dicharachera, bromista consumado. Sus largos y robustos brazos terminan en unas manos que en total suman trece dedos. Ambos personajes son muy amigos y suelen estar mucho tiempo juntos.
-Buenos días, pareja. Parece que habéis madrugado mucho hoy.
-Buenos días por la mañana, señor Filiberto. Yo, en cuanto preparé un poco los garbanzos, me salí a las huertas. No vi más que a Adolfo que pasaba con las mulas, y me senté en la peña. Pero este “gallego” que se ha levantao me retiró, y después fui a buscar a éste –se refiere a Pablo-, y como ya salía, nos vinimos pa cá.
Honorato parecía más alegre, con la cara más picuda de lo normal.
-Es que la mujer nos echó malpadeciendo, decía que ya que no hagamos, no estorbemos.
Pablo termina su chascarrillo con una sonora carcajada, dejando ver los cuatro dientes que le quedan. Sabido es que él de soltero no pasó, y Honorato enviudó hace años. Este último decide continuar el lance.
A Filiberto sí le había empontigao la mujer. Y como no tiene que hacer la comida ni nada…
-Pues mucho que tendréis que hacer vosotros. ¡Qué te parece, Carlos!
Carlos Manuel López aparece por el otro lado de la esquina. Estatura normal, algo chaparro, cabeza grande tapada por chapela, y muy curtido y moreno cutis, casi negro.
-Estos no saben que da más trabajo la mujer que ninguna otra cosa.
Y las comisuras de los labios se van para atrás agrandando la boca, a la vez que las arrugas de los ojos se pronuncian, fabricando una sonrisilla socarrona, especialidad de la casa.
-Chifláis mucho porque nadie os traba y hacéis lo que os da la gana.
Cortando con premura de raíz este tema, se me ocurrió lo siguiente.
-No se ve movimiento de tractores, así que terminarían de sembrar. No, Si lo que se alcanza a ver, no puede ser mejor, –alzando la cacha y agitándola, apunta al horizonte- Hace falta saber cómo anda la cosa por allá.
-Digo yo que si hay buen campo por aquí, qué más dará por Pirueque, Tierrasantos o la Cueza; ¡también tú! –increpó Carlos algo despectivo con las manos en los bolsos.
De notar es que ya no hay hojas de barbecho ni de siempra. Ahora siembran todo lo que pueden, según necesidades de la PAC; gracias a que se abona mucho y la tierra aguanta varios años seguidos de cosechas.
-Parece Mentira, Carlos, que no sepas la diferencia que suele darse de la Cueza…
-Buenos días, señores. Están poniendo esos cartelones ahora; nunca es tarde si la dicha es buena.
La conversación así se cortó por la llegada de quien estas palabras dice; que no es otro que Federico Buendía. Ligeramente inclinado hacia adelante, estatura más bien alta, a pesar de la mengua de la edad, ya en el tramo octogenario. La cabeza tira a pequeña y a despoblamiento alopédico, con espesas cejas y más negras de lo normal, según el tono de la canicie del pelo. Rostro expresivo, afable y alegre. Este es Federico, autor de continuos chascarrillos. Se incorpora al grupo con su andar característico; garboso y como a balanceo.
-Digo que les va a importar tanto poner los carteles del “Plan E” ese, como hacer la obra, ¡qué joíos! Qué falta haría tanto cartel pa estas obrucas.
-El hormigón que han echao delante de las escuelas bien está. Así como los tubos del desagüe los han puesto un poco altos –superficiales-. Vamos que si aran los praos los machacan con los araos.
Esta aserción sale por boca de Honorato, entendido él en ésta y otras muchas cosas; aprobado por un mormullo de asentimiento general.
-Buenos días
Se oyó a Pablo que se percata el primero de la llegada de Damián Ferrán. Ya es raro que aquél calle tanto rato.
-Y el escribano, ¿qué dice de todo esto?.
-Pues dice que no aren los prados, y así no estropean los tubos del desagüe.
El tufillo a broma es patente.
-Bonita solución. Como nadie les controla, demasiao que vaya el agua pa bajo, -salta Carlos, mientras extiende el brazo apuntando al río.
-Pues, ¡qué bobo!, estas obras del Ayuntamiento… serán los concejales los que tendrían que haber mirado algo por la cosa.
Quien así habló es político, en grado de vocal de la Junta Vecinal, Federico Buendía. Al último incorporado voy a presentarle como corresponde. Damián Ferrán nació en los albores del siglo XX. Su oficio es lo que yo llamo escribano. Los permisos, solicitudes, licencias, escritos y legajos fueron su medio natural hasta hace poco. Hombre leído, conserva la capacidad intelectual sin merma alguna. No podía dejar de intervenir en este puno de la charla, para darnos a conocer su ducha opinión, no sin antes ajustar las antiparras en su exacto lugar.
-Estas obras oficiales, pagadas con dinero público, tienen su proyecto y sus memorias de valoración y de caliddes. Hay unos señores, llámense arquitectos o ingenieros, que son responsables de…
-Si eso estará bien, hombre de Dios, lo malo es que luego la obra la hacen como quieran los albañiles o quien sea; toma qué cojo… – suelta Federico enderezando el cuerpo para atrás, hasta conseguir la verticalidad.
-Seguro. Luego vienen los peritos a revisar la obra, -acalorándose el leguleyo- y lo que está mal se lo hacen quitar y hacerlo bien. O es que no has visto los agujeros que hacen en el hormigón de las calles; eso es para medir el espesor de la capa, la calidad de los áridos y la cantidad de cemento por metro cúbico.
-Ya veremos quien les hace levantar los tubos y meterlos más abajo: -esto interpone Carlos Manuel López con mucho aplomo y una sonrisa morena y burlona dibujada en su rostro.
Entre éstas, ora disertaciones, ora zaragatas, pasa el reloj de la una de la tarde.Un coche por la carretera pasó velozmente, visto y no visto. Este hecho da pie a Damián para arreglar este grave asunto.
-Mírales cómo pasan los coches por los pueblos. Menos mal que el límite de velocidad está en cincuenta, que si no, pasaban volando. Luego dicen que andan los guardias rabiosos poniendo multas.
-Pero que a estos pájaros no les cogen, mira tú, -Pablo se refiere al que pasó a toda velocidad y a tantos otros de símiles comportamientos- Pasa que atrapan al que menos lo merece. Además, atrapa a ése, ¡anda!; búscale por las patadas.
-No les pasa nada al que no le pillen, y al que le agrarran en una de éstas no le quedan acordaderas. –Diciendo esto Damián, los pliegues de la cara le vibran, y la verruga que en ella emerge se cinga temblona.
Pablo, que desde que oyó a Damián lo de que “pasaban volando” quería entrar en el tema, no pierde ocasión en esta pequeña tregua en el parloteo.
-Ahora que hemos de tener aeropuerto, quién quiere coches ni carreteras. Lo malo que hasta que Saldaña no se modernice y nos prepare otro aeropuerto, tendremos que aterrizar los martes en el campo de fútbol.
Pudo terminar su análisis a duras penas, pues un gran ataque de hilaridad lo amenizó en extremo. Mientras carcajea ruidosamente, arquea el cuerpo hacia atrás, y luego lo flexiona hacia adelante, golpeándose las rodillas con ambas sobrecargadas manos. La concurrencia toda también estalla al unísono en sonora carcajda. De repente Pablo se queda totalmente serio. Se diría que una guillotina cortó la risa, y ante la sorpresa general exclama:
-Ahora bien, yo no pienso hacerlo al raso y con los coches pasando por la carretera; hay que exigir unos servicios en condiciones. –risas de los presentes- No digamos si es una señorita la que está esperando el avión y la entran ganas… Sin un poco baño no podemos estar, desde luego.
Y se queda tan fresco, haciendo que esta volubilidad aumente la gracia de lo dicho; táctica común de este humorista.
Para que el lector se sitúe como debe y no juzgue, sin ser ello tan extraño o heteróclito, veo llegado el punto de aclarar eso del aeropuerto. Al Norte de la carretera, siguiendo ésta en dirección Saldaña, en un pago llamado Lagún de Lagartos, a un kilómetro aproximado del pueblo, un terreno se encuentra delimitado por una cinta de plástico, sujeta por astillas de madera. Al comienzo de la zona hay varios montones de tierra y escombro, que, al parecer, son para extender y así allanar el terreno en cuestión. Con la tierra allanada y pisada adecuadamente, se obtendría una pista para el aterrizaje y despegue de la avioneta de un hijo del pueblo, muy dado a tales deportes. Este es el aeropuerto del que tanta punta saca el buen Pablo.
En estos retozos algunos oímos:
-¡Bueno, señores, hoy no comemos o qué!
Quien esto dice llámese Luís José Cantudo. Cabello nego peinado para atrás, estilo años cincuenta, barba afeitada y tupida que destaca del cutis moreno, mirada pícada, cuerpo menudo y vertical, cabeza altiva. Como ahora, suele andar con las manos cogidas una a la otra por detrás del sacro; a veces las manos a una vara atravesada en vez de coger la una mano a la otra muñeca. De apartar las ovejas viene y a casa se dirige, como hora que es de comer.
Honorato es el primero que se agita.
-Sí que se nos mete el tiempo y tenemos que preparar la sopa pal cocido.
-Ya estamos otra vez con el mismo cuento
A éste Carlos no se le podría contratar para claque.
AMANDO VELASCO GONZALEZ
Villambroz 13 Diciembre 2009
Por: Basilio Velasco Delgado | General | Comentarios (0) | Referencias (0)
Sábado, 19 de diciembre de 2009
Esto pretende ser una mirada retrospectiva, cariñosa y veraz, de la niñez y pubertad de un cuarentón de hoy. El título no es más que una artimaña para llamar a la lectura. Por un lado, las nuevas generaciones no pueden sentir menos de curiosidad, mis coetáneos añoranza, y de edades superiores incertidumbre, por desconfiar del resultado con tan prolífero tema.
Los hechos ocurrieron en mi pueblo natal, Villambroz; y digo natal con total exactitud, pues nací allí. El escenario de estos episodios, ni que decir tiene, no es ni parecido al Villambroz de hoy. Señalar que el cambio a mejor ha sido de enorme magnitud para el tiempo trascurrido. Las calles estaban de tierra y piedras de regular tamaño a veces, la mayoría pequeñas. Donde hoy están los contenedores de basura, entonces estaban los leñeros y molederos. No pocos de éstos en los patios de las casas, donde solían pasear ufanas las gallinas, bajo la atenta mirada de los orgullosos gallos. Algún gruñido denotaba que para el inquilino del cubil había de llegar su San Martín. No teníamos agua corriente y por lo tanto, ni baños, ni lavadoras, ni fregaderos; casi ni cacharros que fregar. Las calles se alumbraban con alguna que otra bombillita suelta, de amarillenta o anaranjada, sino rojiza luz; que bastante tenía con lucir soportando los vaivenes de la cercera. El tendido eléctrico corría por cables desnudos de cobre, amarrados a jícaras de vidrio, sujetas estas a las paredes de adobe por palomillas. Se comprende los frecuentes cortes de luz eléctrica que se padecían, si bien sus consecuencias eran muy escasas, por la falta de electrodomésticos. Sobresalían de los tejados, todos con teja vieja árabe, contadísimas garrulas antenas, para dar señal a otros tantos armatostes de blanco y negro.
Se encontraban dos tiendas, la de Anastasio y la de David; y una cantina que al saliente cruzando la carretera miraba. En la calle de atrás, también hacia el saliente y un poquito al sur estaba la fragua, y dentro el señor Andrés el herrero, sin duda preparando alguna zalagardada entre golpe de maza. En el campo, corrales de ovejas no faltaban aun en buenas condiciones. Otros eran inservibles, abandonados por el traspaso al pueblo, buscando mayor seguridad. Sea como fuera, unos y otros se prestaban muy bien para el sano divertimento de aquellos pilluelos. Descubriansé patatales que desafiaban el ingenio de improvisados recolectores; abundantes majuelos solo en el arco de este a oeste, y en ciertos linderones guindales, escenarios de fuertes competencias entre la pajarería y la canallesca tropa.
A grandes brochazos, así era el escenario. Hora es de conocer a nuestros principales actores, sal y pimienta del recuerdo. Comenzamos de mayor a menor. Inconfundible incluso para el solo sentido del oído. Sus facciones denotaban travesura, (inocente a veces, otra aviesa), cuya culminación era un remolinillo en la sien derecha. Sus ojos risueños se adornaban de arruguitas a ambos lados externos, resaltando la casi sempiterna sonrisa entre coqueta y burlona, o bien siendo parte de ella. Por su edad era primer y principal ideólogo de trastadas y travesuras.
Segundo de la pandilla. Espíritu tranquilo, reposado, sereno…Pesadilla de los que teníamos que irle a llamar; cruzaba el enorme patio de un lado a otro, salía de una puerta y entraba por otra, y así pasábase un buen rato. Arquitecto, carpintero, cabeza pensante… de todo era, y todo con tesón. Estiradillo de cuerpo, lo que más resaltaba en él, era algo que no pertenecía a su humanidad; unos espejuelos que portaban orejas y nariz entre ambas.
Del siguiente componente nada diré, porque nada corresponde decir siendo yo mismo, y nada hay que no sea de lo más común y normal.
Pasamos pues al siguiente crio. Rubiales él, tenía aptitudes para el equilibrio, el trepar y escurrirse por sitios harto difíciles. Virtudes que no fueron muy explotadas, por sus quehaceres con la ovejería.
Dicho esto pasaremos al penúltimo. Muy activo, vivaracho y pasional; pelo azabache y cuerpo ligeramente menudo, este niño era un compendio de las principales virtudes de todos los demás.
Y el benjamín del grupo; poco sesudo, secundaba sin dudar cualquier barbaridad que a juicio de la asamblea se sometiera. Ligeramente repolluda su planta, en su alto ostentaba un cráneo de dureza contrastada.
Frecuentes eran las visitas a las escuelas, donde todavía estaban los pupitres mono pieza digamos, los asientos se subían y bajaban girando en un eje trasero, con la mesa inclinada, tipo atril, y todo de madera. El suelo de tarima, y en las paredes vestigios de los tiempos de enseñanza que allí se impartió. Un mueble librería guardaba bastantes libros, casi todos quemados en mayor o menor grado. Didácticos muñecos de anatomía humana dejaban al descubierto músculos y huesos. Una tarde decidimos inspeccionar las escuelas, como otras veces, por si quedaba algo por descubrir. Las rejas de las ventanas como única entrada. Por ella entramos, no sin dificultad, pues el hueco era justísimo. Curioseamos todo de nuevo concienzudamente, jugando de paso con el material de enseñanza. Satisfechos, decidimos salir, aflorando otra vez ese remusgo en el estómago, ese Pepito Grillo que nos indica cuando violentamos alguna ley terrena o divina. Es por ello que al salir me quedé atollado, sin atinar a girar la cabeza lo justo para salir. Y atrapado me quedé entre los barrotes de la reja. Cuantos más intentos fallidos, más nervioso me ponía, alejándose la posibilidad de librarme. Menos mal que a tal punto pasó mi padre, que iba hacia el camino Villota con la galera, y me socorrió, zafándome así de los nefastos hierros.
Hubo otras etapas en las que accedíamos como Pedro por su casa, dado el abandono en que se encontró el edificio. Es cuando en las navidades, toda la caterva menuda masculina, hacía noche en las escuelas. Lo de menuda comprende también a los mayores, medio mocillos entonces. El sueño huía con “el julepe”, “los cinco montones”, “las siete y media”, “la escoba”, incluso “el mus”. Todo era completo si además disponíamos de un toca discos que no pinchaba más que un disco; empeñado su amo de que durante años tatareáramos el egregio “la la la”. La velada solía terminar a las siete de la mañana, momento de descansar nuestras sufridas posaderas, que en posición de descanso ya no se aguantaban sin riesgo de pegarse al asiento. Era pues perentorio que la pandilla se estirase por el rio. Fuímonos allá sin asomo de sueño. La mañana fría, de helada; diáfano el aire, alejando el horizonte; y luminosa, casi fulgurante por el manto blanco que enfriaba el suelo. Cogimos una botella de legía, para fabricar el balón, y hacia el rio nos dirigimos con la noble intención de jugar al futbol en el hielo. Las heladas entonces eran muy fuertes y seguidas, por lo que la capa de hielo era considerable. Mi padre rompía el hielo con herramientas contundentes, y cuando volvía con las vacas ya se había formado hielo, suficiente para que las bestias no bebieran sino lo partía con la vara. La diversión, pareja con el peligro, a menudo le superaba. Otras veces los crujidos y las grietas presagiaban segura desgracia.
Por antruido, cuando los quintos se untaban, se comían torreznos y tortillas en opíparo festín, no alcanza mi débil memoria. Pero si cuando decidió la cuadrilla invadir el corral de Asís, tomándolo como improvisado y discreto asilo para tal evento. Para rememorar viejas y gloriosas hazañas, preparamos una expedición con todo lo necesario para cocinar “in situ” dignas tortillas de patatas. Las bicicletas fueron nuestro medio de trasporte; exitoso a no ser por algún que otro huevo ligeramente deteriorado. Cogimos la carretera en dirección Sahagún, hasta Carruigo, donde enfilamos por el camino de Ledigos, luego cruzando Valdepiñata, la Pedreguera, Valdorege y Pirueque, para en el Pico divisar la silueta del corral, ya en terreno de Ledigos. Se encontraba el susodicho en perfectas condiciones, pero no se usaba por esa época. Tenía planta cuadrangular, o ligeramente estirada por los lados opuestos de la entrada y la tenada. Por aquella podía entrar un carro, con un tejadillo de protección encima. Esta cara daba al mediodía, y la opuesta en su interior también por lo tanto; siendo en esta cara donde se ubicaba la tenada, ocupando todo el ancho del corral. La tenada era abierta, menos una cuarta parte en la parte este. Su tejado coronado por deforme humero, vertía en el patio, dejando el norte a sus espaldas. Al poniente de la tenada se encontraba un bidón grande, ennegrecido de hollín, como el hueco donde se encastraba, y el brasero extinguido que debajo había. Aquí se cocían los altramuces para luego desamargarles. Las tapias laterales servían para cerrar el patio, y se protegían con bardas espinadas. La puerta, condenada con candado, no se abría, así que saltamos la tapia este con todos nuestros útiles. Bajo los auspicios y tutela de nuestro cocinero, (que también lo era), preparamos unas tortillas que nos supieron a gloria. Aquel antruido fue como otros, memorable.
Por: Basilio Velasco Delgado | General | Comentarios (0) | Referencias (0)
Sábado, 19 de diciembre de 2009
Pasada la estación durmiente, fría, oscura y triste, venía la primavera. Con el suelo húmedo, los pinchos se hundían en la yerba cespedada. Este juego, consistía en clavar el pincho (palo al que se le hacía punta), intentando derribar otros sin que desclavaran al propio. Cuando eso sucedía, el que tal hizo tiraba el pincho caído y decía un número. Tal número era las veces que todos tenían que clavar el pincho, antes de que el agraviado trajera el suyo y lo clavase. Los cartones, las chapas, la piuca, las canicas, las cuatro esquinas, el pañuelo… tenían su nombre y sus reglas. Otros sin embargo no poseían ni lo uno ni lo otro. Todo era obra de nuestra imaginación; de nuestra inventiva. Con dos latas, una cuerda o alambre, algún palito y dos manos o más, se fabricaba un tractor, un remolque y arados. Una latita a veces era un barco, cuando los juegos lo requerían. Esto es una pequeña muestra de lo que eran para nosotros las consolas y toda esa caterva de artefactos esclavizadores, que anulan la inventiva y atrofian la imaginación. Nosotros jugábamos con nuestros propios juguetes; les dábamos forma, sonido, movimiento, vida. Nada se nos daba hecho, y solo con hacerlo se nos desarrollaba la inteligencia.
En las Escaleras había hoyos, y lógicamente se llenaban de agua. Había también raíces de chopo y trozos de troncos. En aquella ya estaban algo podridos, y un tronco lo estaba de tal manera que con poco trabajo se podía sacar algo parecido a una canoa. En mala hora, pues no hubo chico ni mozalbete, que no probara el frío del agua donde este espécimen traicionero flotaba. Se convirtió en reto absurdo, para saber quien montaba sin caerse al agua. Pero ese engendro abyecto, se giraba en cuanto se echaba el pie encima, cayendo al agua el fútil navegante. Lo más destacado de la primavera, era sin duda las partidas campestres en busca de nidos. Lo mismo nos daba de paloma, de grajo, de pigaza o de cernícalo. Casi todo lo que se metía en nuestro campo visual, terminaba saqueado. Solo algún nido especialmente alto ó difícil, se libraba de tan horrendo destino. Nidos se encontraban en cualquier sitio; desde un espino, hasta en cualquier cardo; en la yerba alta o en las tierras abarbechadas; en lo alto de un chopo, roble o encina, o dentro del tronco. El campo de acción de tales desmanes, era el que podían abarcar aquellos desaforados muchachuelos; es decir, el de Villambroz, parte de Villarrabé , San Llorente, la dehesa de Busticidio, Terradillos y Villambrán. A pesar de ello no faltaban ni pájaros, ni lagartos, ni lagartijas, ni ranas…; fueron otras cosas las que los mataron.
Así se acercaba la estación del estío, de la siega, la bielda, la vendimia. Del fruto, del calor y las vacaciones. Éstas para una gitanilla y para mi, era momento de especial dulzura. Nuestros tíos Argimiro y Basilio retornaban a su pueblo en busca de su merecido descanso. Tío José lo hacía más de tarde en tarde. Las vísperas de la venida de algún tío eran muy especiales. La ilusión se traducía en inquietud, que iba en aumento hasta el momento de la espera en la carretera. Al que esto lea, quizás le parezca esto algo nimio, pero para los primos no menguaba de auténtico acontecimiento. En este punto poner de manifiesto dos caracteres bien distintos de dos hermanos. Mientras uno no soltaba los regalos hasta la hora casi de marchar, el otro en cambio, sensible a nuestro nerviosismo e impaciencia, repartía los presentes en cuanto llegaba a casa de abuela Inés.
Siempre la diversión estaba esperando en el lugar y momento más inesperado. Al otro lado de la calle de las escuelas, hacia el suroeste, un carro intrigante nos atrajo la atención; parecíanos que nos retaba. Esa máquina que en tiempos cercanos descoyuntaba huesos y atronaba oídos; grande lanza humillada entonces, desproporcionadas ruedas bordeadas de anillo de hierro, obra maestra de ensamblaje. El de pelo azabache y el que suscribe nos acercamos para entornar el pobre carro. Esto era la costumbre, y consistía en levantar la lanza hasta que la parte de atrás de la caja tocaba tierra. Para ello se contrapesa atrás. Estaba la bestia dominada, pero solo en parte, pues la lanza subía o bajaba; no se mantenía horizontal, que es lo que pretendíamos. Si subía la lanza había que contrapesar hacia delante, y si bajaba la lanza hacia detrás. Si estaba más o menos equilibrada, hacia el medio, y a esta acción la llamamos “mirris”. A las otras dos “turris” y “furris”, no pudiendo precisar cuál era hacia un lado o hacia otro. Nos dábamos las pertinentes órdenes con estas tres voces, pero el malhadado carro no se equilibraba. Eso sí, el rato que nos pasamos nos dejó casi exhaustos de puro goce.
Los carros de varas y luego galeras con picos, descargaban su valiosa mies segada en las tierras para ser trillada, y poder separar así el grano de la paja. Los montones de mies que resultaban de tal descarga eran los bálagos, aunque no sea el término adecuado. Los había en la era de arriba y en la era de abajo, y cada cual acogía a inquilinos de la era contraria, que por ser extranjeros de era sufrían entierro. Muy vagos recuerdos tengo de ello, pero claros como el agua los juegos de carreras, saltos y escondite. Las maravillosas eras fueron testigos de momentos felices y entrañables. Cuando llegaba la hora de aparvar la trilla, los críos montábamos en el aparvadero, que además de proporcionarnos gran goce, se hacía peso para evitar que se levantara el aparvadero y escapara la paja por debajo. Momentos memorables fueron también cuando una tormenta se acercaba amenazadora. La actividad en la era se tornaba a bullicio febril; un ir y venir de horcas, rastros y escobas con exhortaciones nerviosas, amontonando la trilla en cordones para evitar que se mojase. A veces todo para nada, pues la tormenta pasaba sin descargar en Villambroz. De ahí la ciencia de los de antaño, que solían atropar la trilla a tiempo y nunca en balde.
En los días de sofocante calor, que hasta las piedras se torraban, nos íbamos a las llamadas piscinas, a disfrutar de un insalubre chapoteo. Un hecho inopinado fue su hallazgo, producto de una de tantas expediciones fútiles. Tomando como punto de referencia los puentes, que hacen practicable el paso del arroyo de la cueza (para nosotros rio), a la carretera; siguiendo el curso del agua, a unos cien metros, entre juncos, arbustos y yerbajos acuáticos varios, encontramos unas fosas que nos subyugaron poderosamente. Investigando el extraño hallazgo, decidimos que las crecidas del invierno escavaron la parte blanda del lecho hasta llegar a la arcilla. Bien pronto dimos al hecho uso práctico; serían a partir de entonces las piscinas. El agua aunque corría algo, era turbia; tanto que el osado aprendiz de nadador perdía de repente el cuerpo todo, menos la cabeza y los brazos. Cuando terminaba el baño, el agua se podría decir que era barro y lodo muy fluido.
Recogíamos el trebejo para el baño, y si había suerte, quizás se necesitaba pregonero en el pueblo. Pues sí, esos que a grandes voces anuncian la llegada al pueblo de algún vendedor, y la mercancía que cambia por dinero. Por tan horado servicio nos ganábamos la propinilla, que no tardaba en ser invertida en la cantina del señor Jesús. No convenía mucha compañía en el arte del pregoneo, pues luego hecho el prorrateo, la mengua de la propina era considerable.
Por las noches, ya fueran cálidas o frías, serenas o desapacibles, con luna o como la boca del lobo, la despabilada cuadrilla salía no a reconocer, sino a ejecutar. Es el caso de juegos y pasatiempos que no serían bien entendidos, si algún testigo diera razón de ellos. Además de los citados juegos en los bálagos, nos gustaba mucho jugar al “que te pillo” en una enorme pila de pacas de paja. Heroica temeridad demostramos al subir y bajar, al avanzar por las paredes para que el otro no te viera o te cogiese, y todo ello de noche y a considerable altura. Si las fuerzas escaseaban y era tiempo de ello, siempre se podían visitar ciertos patatales, para que al amor de la lumbre, y entre bromas y chismes, calentarnos las manos y el estómago con tan nutritivo tubérculo.
El tiempo suave y benigno, se nos antojó propicio para las visitas dominicales al vecino reino de Terradillos. Íbamos en bicicleta por las tardes, para tratar con las chicas, que eran unas cuantas y muy majas. Largo tiempo estuvimos yendo y viniendo, y grande la amistad que trabamos con aquellas muchachas. Hasta los recatados lugareños nos veían con total familiaridad. En una de aquellas venidas, los pollastres a medio camino del pueblo, descubrimos algo que fue comienzo de lo que ahora intentaré relatar.
Al terminar la subida del Valle Hondo, donde la recta carretera se pierde a la vista, el más escandaloso de los ciclistas, descubrió una liebre muerta en lo más profundo de la cuneta izquierda. Entre exclamaciones de emoción y sorpresa, paró el grupo para examinar semejante hallazgo. Con cautela cogió el trofeo su descubridor, y aparentando erudición en la materia, resolvió que la lleváramos al pueblo, y determinando además que se haría un guisote con ella y nos la comeríamos. Ya en el pueblo, y sin que todos estaríamos muy de acuerdo, se decidió echar a suertes para ver a quien le tocaba guisar la liebre. Tal privilegio recayó en el descubridor, o en su madre para ser exactos. Mujeruca de pequeña estatura, sobrada vitalidad, garbosa actividad también para la sin hueso, que en aquella tarde dejó bien claras sus posibilidades. Dignísimas escenas del mejor humor habrían salido de semejante situación, desde que su hijo la presentó la liebre, hasta que esta salió en cazuela camino del teleclub. La lengua de la venerable señora, sin reparar en gasto, no conoció instante de reposo; ya soltando imprecaciones, ora exclamaciones, interjecciones, advertencias, consejos, exhortaciones…y toda una gramática completa, conocida o de por conocer. El que suscribe, que vivió aquella escena perdida para el cine, acabó con los cuatrocientos y pico músculos que trabajan con la risa, al borde del colapso. La gracia de la señora y las circunstancias, no fueron óbice para que el guiso saliera próximo a las altezas de la exquisitez, y del cual dimos buena cuenta, pues nos supo a gloria, sin reparar si estuvo viva o muerta, de mucho o de poco tiempo atropellada. Me viene a la memoria desde entonces aquel rostro descompuesto un momento, luego con sonrisa picarona, después de sorpresa; todo ello aderezado con constantes movimientos de cabeza como de lengua, gesticulaciones nerviosas y exageradas, casi como el que regula el tráfico aéreo en un portaaviones, y mi espíritu se inunda con una sonrisa. Lamento que fuera un instante tal como lo describe Robert Musil; “el instante no es más que el triste punto entre el deseo y el recuerdo.”
El carro de la leña, en el ecuador de agosto, no es ya más que un mero recuerdo. Esta tradición hace varios lustros, daba los últimos coletazos, en los estertores de la muerte. Pues bien, esos años de patético decaimiento, tocó vivirlos a la pandilla que por aquel entonces animaba la vida cotidiana del pueblo. Nos cabe la dicha de haber aportado el último aire fresco, que impulsó como pudo la ancestral tradición, perdida al fin por falta de renovadores soplos. En lo más recóndito de la memoria, veo a un montón de chiquillos bulliciosos montados en galera tirada por mulas y después por tractor, alejarse del pueblo en dirección al monte, donde alguna desventurada mata perdería sus mejores robles. Con el carro lleno de leña, este retorna al pueblo como salió de él, entre gran algazara de cánticos y coplillas. La caterva muchachil en excitación creciente, entra en el pueblo saltando encima de la leña. Sale gente a esperar el carro a la entrada de Villambroz, y por todo el recorrido se ve inusitada expectación. Las paradas obligadas en la casa del señor alcalde pedáneo, en la del señor cura, y en la cantina, permite entre los cánticos de las coplas específicas para cada ocasión, aplacar el reseco de los esforzados gaznates. Después de que la bota de vino y la jarra de cerveza, a fuerza de correr de boca en boca quedaban más secas que antes los sedientos gañones, tocaba la descarga del carro. Veo también al pueblo reunido en la Costanilla en medio de la noche profunda. Al lado se distinguen dos montones, uno más pequeño que el otro, y por su recortada e irregular silueta diríase que es la leña. De pronto una llamita centellea por el bulto pequeño, y a la vez que aumenta la proporción del incendio, lo hacen los cantares y bailoteos del paisanaje reunido. Cuando todo el montón es pasto de las llamas, chicos y grandes, todos, arrojan al fuego robles de la pila grande, cada quien del tamaño que puede manejar. Las serpenteantes llamaradas, escupen de sus entrañas lluvia furiosa de chispas, cada vez que un palo cae al fuego. Todo acaba cuando lo hace el fuego con la madera, y ya solo se ve a la gente menuda, que es probable aguante mientras dure el rescoldo.
Amando Velasco González
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Sábado, 19 de diciembre de 2009
Apagado el rescoldo y terminada la bulla, pasemos a otro episodio, entrañable también.
Este juego era como una preparación de la vida; para la vida de un depredador. Entrenamiento práctico para dar salida al lobo interior, residuo sin duda de la bestia de origen que llevamos dentro el linaje humano. Las películas que veíamos en blanco y negro; llámese de vaqueros, de pistoleros o del oeste, nos sugestionaban, despertando el instinto de emulación, inflamando nuestro modelable espíritu infantil, inclinándose hacia la violencia. El héroe bueno, casi siempre de color claro, desenfundaba sus revólveres a la velocidad del rayo, y con las piernas abiertas y las rodillas en ligera flexión, apretaba el gatillo sin vacilar, cayendo malos por doquier entre horribles convulsiones. El protagonista negativo, que suele vestir de oscuro, al final también mordía el polvo, como castigo terrenal de las marcas en la culata de su colt.

Después de este preludio diré que se jugaba a los pistoleros en dos grupos, o en individual. En el primer caso algún problema se dada para formar los equipos, pues todos queríamos de compañeros al que no faltara maestría y se le tenía por marrajo redomado. Se sabía que si le tocaba a un mastuerzo, tus espaldas acabarían agujereadas de plomo enemigo. Se le delimitaba una zona de juego, que solía ser muy amplia, fluctuando en función del número de pistoleros, y en esa zona no existía límite de actuación. Se permitía el allanamiento de corrales, la reubicación de las tejas, incluso su rotura, si con ello uno lograba zafarse de su enemigo, o darle caza; en este campo estaba permitido, menos pegar fuego al pueblo, todo.
Antes de empezar se dejaba claro la cantidad de blanco mínimo necesario para registrar al enemigo como muerto, pues en estas trapisondas no existían las medias tintas, osea, heridos. Tras la delicada operación de pertrecharse con un palo aparente, digno sustituto del colt 45 de marras, comenzaba la partida repartiéndose el personal por las zonas de salida. Por momentos la gente se movía cuan mínimos, ágiles y sigilosos, desplegando la estrategia o respondiendo con improvisación a la situación del momento. Otras veces se trataba de correr en descubierto a nuevas posiciones ante la certeza de verse sorprendido de inmediato. Si esto ocurría sonaba entonces el colt 45 por boca de su hábil portador y detrás el vocablo “muerto, te maté”.
No pocas zaragatas se armaron como la que sigue:
- ¡ No me has matado! – voceaba el tiroteado ya bien escondido
- ¡ Cómo que no! Ya estamos igual que siempre. Estás muerto
- Cómo me vas a matar si no me has visto más que la coronilla – esto saltaba el que no quería dejar el juego, a ver si colaba.
- ¡Lo dirás tú! –decía el que reclamaba la muerte de su enemigo, con más aplomo y seguridad a medida que avanzab a la discusión, - si te he pillado por detrás… Te he visto medio cuerpo; no te has enterado de nada hsta que te disparé.
Como muestra valga este botón y para que el asunto no se torne prolijo, creo conveniente cortarlo aquí.
El que fuese blanco de la locuacidad del que llevaba la razón, iba cediendo poco a poco, como salvando la honra, creyendo quizás que un cambio brusco en el relato de los hechos, sería peor que aceptar la verdad desde un principio. No pocas veces a estos juegos pendencieros se les daba fin para evitar que se eternizasen, ya que la pericia no podía con las tácticas conservadoras. Los tiras y aflojas no cesban hasta que nos separamos para cenar.
AMANDO VELASCO GONZÁLEZ
Villambroz
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Viernes, 18 de diciembre de 2009
La puesta de sol inunda de arrebol precioso todo Villambroz. La tarde barrunta serena y benigna noche, por lo tanto, vamos quedando para después de cenar, a medida que despidiendo.
No hice nada más que entrar en la hornera –que es donde se vivís, excepto dormir- comuniqué a mi abuela que tenía que salir en cuanto cenara, así que aligerara en lo posible, que había quedado en ello. Ante tal aserción no podía faltar la retahila de rigor.
-¡Pero qué muchacho, Dios! ¡Virgen santísima de mi vida y de mi corazón! ¡Ampárame, Señor! Vamos, que no acaba de entrar y ya está pensando en salir… ¡Por Dios y Santísima Virgen! Como no cenes bien… Dios te amapare y la Virgen Santísima; -mientras esto decía, la mano toda abierta a la altura del cuello, no cesb a de subir y bajar, amenazando con algún soplamocos si fuera menester –este ciguito a quién saldrá. Cuánto mejor sería –y en esto sus palmas se juntaban por la zona de meñiques, a la altura de los ojos – que pensaras algo más en el colegio y en los libros, en vez de tanto juego.
El brasero calentaba un pucherón de agua y otro pequeño con comida. La trébede en la lumbre esperaba la sartén para sazonar las sobras de mediodía. La hornilla, hornacha o trébede, como guste el lector, pues de todas esas formas se denomina en Villambroz, era muy alta. Pasaría con creces del metro, y la cual tuve la cicha de medir siendo muy pequeño. A pesar de esto, me es muy grato el recuerdo de esa hornilla, porque en ella jugaba mi abuelo maerno conmigo, teniendo yo de cuatro ó cinco años –todo lo mas- ese recuerdo.
A su derecha el horno, donde tiempo atrás se cocía el pan que se consumía; y se hacía para quince días. Siempre para la derecha, nos encontramos con un boquete en la pared, que mi padre acondicionó para acoger una cocina de gas. Seguía otro mayor aún, donde se cocía los altramuces, para luego llevarlos a sumergir en el río un tiempo y desamargarlos. En la siguiente pared un ventano, ventanuco más bien, tan pequeño como alto del suelo. La otra pared alojaba la ventana y la puerta de entrada, al norte. Y en la otra el lagar, al ladito de la hornilla. Era grande, entraría una galera de uvas, lo menos, y tapado con una trampilla de tablas, el foso, donde caía el mosto que resultaba de pisar la uva. El techo de zurriaga sugetando los céspedes, con la parte baja hacia la puerta y la alta hcia el horno. Las paredes de adobe, con trulla de barro y paja, y encaladas. El suelo era de tierra, encalado también; que mi abuela gustaba de tener limpia hasta la tierra. Una bombilluca alumbraba la estancia, pue pobremente desde luego, y con alguna vela a mano para solventar los frecuentes cortes de luz eléctrica.
Cené raudo y marché a llamar a los demás, ya que no era conveniente llegar tarde a casa, poque mis padres hacían duras jornadas, y no tenían ganas de juergas. La cuadrilla se junta de nuevo –si bien faltaba un espécimen. No tardaría mucho en acometer alguna trastada.
Estuvimos un buen rato picando por aquí y por allá, sin rumbo fijo, buscando algo prohibido que allanar.
Y en este punto es perentorio hacer un inciso; digresión imprescindible para llegar a conocer estos chavales y su mundo fantástico.
Nunca jamás estos hombrecillos hicieron ningún mal a nadie adrede, a posta, intencionadmente, o a mala fe, como se prefiera decir. Por supuesto, algún que otro daño se hizo, pero dicho daño era necesario para llevar a cabo una acción, un objetivo, como la práctica de algún juego, alcanzar un nido, o arrancar de un patatal seis patatas –una para cada uno- que nos comíamos asadas tan ricamente. Se ponía especial cuidado en pisar las tejas para no romperls, y en utilizar cualquier instalación ajena. Unos a otros nos dábamos toques de atención para evitar en lo posible cualquier desperfecto innecesario. Claro estba lo que se hacía mal, pero alejándose del puritanismo hipócritas, no era más que juegos inocentes de niños. Nos gustaba ciertas dosis de peligro, de riesgo.
La probabilidad alta de ser descubiertos en una trastada y tener que huir a toda prisa entre vocablos proferidos por el agraviado a pecho partido, digo que esa probabilidad nos producciá atracción, cierto regustillo. Pasa como en una lida de toros, cuando se produce una acogida; puede ser que nadie vaya para eso, pero cuando sucede, la adrenalina se dispara a niveles máximos. Sin saberlo es lo que buscamos, no la cogida pero sí que los niveles de adrenalina suban cuanto más mejor. Algo parecido sentíamos nosotros. Y sin embargo, todo esto no es óbice para señalar el grn respeto que se profesba al párroco, padres, maestros, abuelos, guardas forestales… y también a cualquiera que pasara por la calle, especialmente si éste era “perjudicdo” por nuestros juegos y a quien críamos estaba en su derecho de demostrar su enfado, por pequeño que fuera el perjuicio que se ocasionara.
Amando Velasco González
Villambroz
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Viernes, 18 de diciembre de 2009
Y tras este paréntesis, necesario a mi juicio para no confundir trastos con gamberros o incluso delincuentes, proseguimos la narración de aquella noche.
Era buena de temperatura aunque con un vientecillo que hacía agradable el remanso. Quiso el azar que pasando por delante de la fragua –la del señor Andrés, no la del tío Bernardino que ni siquiera conocí- alguien dijera que no sería mala idea entrar dentro. Concisa es la memoria sobre la autoría de tal idea, aunque es atribuible a todos; pero cómo entramos es más oscuro aún. Saltamos por la tapia –de éstas no se resistía una- y aprovechando que la seguridad de la puerta del patio dejaba mucho que desear, entramos. Por supuesto, el señor Andrés ya había fallecido y su viuda también; ésta a primeros de noviembre de 1983, y él el 5 de enero dos años antes; con lo cual aquello se encontraba abandonado.
En la descripción del taller, es curioso que hay muchas cosas que podría pintar sobre lienzo, pero la memoria no me concreta si había una ventana a cada lado de la puerta de la calle, o sólo una y a qué lado. Baste que era una ventana grande de cristales pequeños, de fuertes y tupidas rejas. No fue pequeño nuestro desengaño, cuando comprobamos que no se veía casi nada, de la oscuridad que imperaba. Sólo después de un ratillo fuimos percibiendo objetos, gracias a una pequeña claridad que por la ventana entraba desde la luna. A ambos lados de la puerta de la calle se encontraban sendos bandos de trabajo, con balda corrida, que los dividía en dos mitades. Sobre aquellos y ésos, trabajos propios del oficio de herrero, tales como tenazas varias, martillos y mazas, tornillos de apriete, punzones… una amalgama de aperos y un sinfín de trastos y cacharros.
De frente la puerta por donde entramos, que servía también para meter las yuntas al patio donde se hallaba el potro para herrar las vacas. Teniendo esta puerta como referencia, a su derecha un pajaruco con una portillera y justo a su izqierda, la fragua propiamente dicha, con su montón de carbón al lado y un recipiente mediano con agua para enfriar los hierros. Era cuadrada de forma, de un metro largo de lado, por otro de alto. Sobre ella una especie de campana para evacuar los humos al exterior por medio de la chimenea. Contra “gallego” –oeste- un motorcito insuflaba aire para avivar la combustión del carbón, sustituyendo al fuelle manual. Cómo no, un gran yunque en medio del tercio de la izquierda no podía faltar. Y esto me trae a la memoria el recuerdo de un hecho que oí y tengo por enteramente cierto.
Un señor llega a la fragua con fuertes dolores producidos por una muela. El señor herrero le anima, no sin aportrofar que así no se puede estar, sobre todo, con el fácil arreglo que tiene ese mal. Preguntando por este remedio tan sencillo, es sentado cerca del yunque. Con un bramante le traba la muela causante de tantos sufrimientos, y el otro extremo lo asegura al yunque. Un ratito de espera mientras el maestro con unas tenazas hunde un hierro en el rescoldo de de la tobera. Pone en marcha el motor del ventilador, y con el hierro al rojo vivo, y en menos tiempo del que se tarda en pensarlo, se lo presenta delante de la cara. El paciente, instintivamente, para evitar quemarse la cara, echó la cabeza para atrás, con lo cual la muela pasó a colgar del yunque amarrada por el cáñamo. Tan zafio sistema dio resultado, pero, he aquí un paciente que, dudo mucho, se dejara atar más muelas.
Estábamos husmeando medio a oscuras, muy quedos, mandándonos silencio unos a otros constantemente. Muy nerviosos, escuchando el corazón sobreexcitado del compañero. Otra vez la conciencia. Esa señora que si es mala, despierta tumores malignos; si es buena, hincha de orgullo los más grandes pechos. A poco de emprender la retirada, voces de dos gargantas se distingían claramente; y cada vez se oían más cerca, denotando su paulatino acercamiento. La adrenalina se disparó a límites máximos. Discernimos raudos si proseguir la retirada o quedarnos quedos dentro, resultando la primera opinión favorecida, viendo viable la evasión total antes de la llegada de los intrusos.
Del patio subimos al tejado, pero ya estaban a punto de doblar la esquina los impertinentes y no tardarían no ya en oirnos, sino en vernos. Nuevo discernir rapidísimo sobre la dirección a seguir en la huída, pues no era posible otra cosa que escapar. Dos posibilidades. Una era la de los tejados y otra alcanzar la calle por donde pasaría en unos segundos. Con la primera no había manera de echarnos el guante, ni que nos identificaran; sin embargo, el riesgo de acabar perniquebrados corriendo por los tejados húmedos y con musgo en la oscuridad, se nos antojó enorme. Casi todos a la vez saltamos a la calle sin orden ni concierto, con la precaució por alguna mala caída y herirnos en los zancajos. Tocar nuestros pies tierra y salir disparados en dirección norte, se me antoja, todo fue uno. Viéndonos volar nos creímos seguros durante un instante, hasta que llenos de estupor, advertimos que piedras de considerable tamaño nos sacaban ventaja en nuestra veloz carrera. No quedaba otra, que correr para salir lo antes posible del pedrisco. Las piedras lanzadas ya se oían a nuestras espaldas; no siendo óbice esto para detener la carrera. Ya fuera del peligro, y en el otro extremo del pueblo, allá por las escuelas, nos paramos parapetados por las esquinas. Un buen rato acechamos para comprobar que la persecución había sido definitivamente abortada.
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Viernes, 18 de diciembre de 2009
En fin, tomemos resuello para acometer el siguiente tema. Gran cambio se experimenta en la gente, no sólo en la cantidad, sino también en la calidad. Y advierto que esto último no ha de quedar sin tocar. Era frecuente, por ejemplo, encontrar cuadrillas de veinte personas o más, a la solana de alguna esquina, y al abrigo de los vientos reinantes. Eran todos ellos jubilados del pueblo; seniles personajes, vetustas memorias que la dura vida no logró achucuyar, más bien, alimentar. Cachavas sujetas por trémulas manos, fajas en el mismo borde del anacronismo, boinas tapando cabezas ennoblecidas por venerable canicie o por la falta de ella; algún cigarro de picadillo colgando de labios amoratados, una antiparra por aquí y un audífono por allá completaría el cuadro.
En cuanto a señoras, no era escaso el plantel de viudas con más dientes en falta que en la boca, con pellejudas manos y plegada cara, dejando asomar el pañuelo negro unos clines blancos que del moño se escapaban. Vestían de negro y hasta los pies y cada vez su cuerpo mermaba más y más, así también su paso para ir al santo Rosrio con que don Faustino las deleitaba.
Todos se fueron sin dejar conveniente recambio, por lo cual el númeo de gente es ahora mucho menor. No hay que pasar por alto, que al hablar del recambio, es referido al que permaneció en el pueblo, puesto que de no hber emigrado el cambio generacional, Villambroz sería veinte veces más de lo que es hoy; si bien eso sí, no habría si no un montón de huesos comiéndose unos a otros. Esto es en cuanto a cantidad.
En cuanto a calidad humana, a la que antes me refería, el retroceso es brutal. Todo lo avanzado en el terreno material, se perdió en ética, valores y moralidad. El respeto que antes sobraba y que se podría decir que, incluso, rayaba en miedo, ahora brilla por su ausencia.
Nuestra cuadrilla infantil consta de seis niños. No sabíamos que existían separaciones ni divorcios. En el caso de los críos mayores y mozuelos tampoco, y es más, en el colegio no recuerdo un solo chiquillo con problemas semejantes. Se puede afirmar sin miedo a errar, que eran excepciones rarísimas. Nosotros vivimos el regalo el inmenso regalo de ver a nuestros padres siempre juntos. Hoy voceaba uno y callaba el otro; mañana voceaba el otro y callaba el primero; pero juntos, protegiendo siempre con su manto el mundo fantástico del niño, haciéndole sentirse totalmente seguro. Hoy las parejas se separan sin motivos reales, a no ser que les sobre cuatro duros de tres que tienen. Ignoran en su idiota ilusión, que nunca fueron pareja. Nunca pensaron en el otro antes que en sí mismo, nunca practicaron la responsabilidad, ni el compromiso, ni la confianza en el otro ni en Dios; ignorantes de lo que es el deber y las obligaciones, y, por supuesto, arrinconar esto en el olvido, en vez de elevarlo a la excelsitud de lo sagrado.
Esto es el matrimonio, y su ruptura provoca muchas carencias y huecos en la formación de la prole: los hace desgraciados y los envilecen. Tenga hijos quien para él todo esto lo entienda de forma meridiana, y dedíquense los demás a su propia educación antes de tomar tan graves responsabilidades.
El respeto a nuestros maestros y profesores se pierde a muy tempranas edades, emulando a sus padres, que en vez de corregir desviaciones propias de la edad y la educación, se empreñan en sobreprotecciones ilusoris, incongruentes con la formación de hombres de provecho.
Y para los legisladores, herramienta divina para llevar a las naciones por la senda del progreso, la paz, la concordia, la justicia y la ética, conforme a nuestra cultura y conciencias cristianas. Resulta que nada de esto han oído hablar, que no cabe en sus duras molleras, no dejando la mentira, falsedad e inquina sitio para ello. En vez de procurarlo,se dedican a poner sobre las manos de los todavía niños, el arma con que pueden asesinar impunemente a su hijo, dejando justificado tan execrable acto en las manos sangrientas de una niña. Resulta que cosas nimias necesitan consentimiento de los progenitores, pero para matar a su hijo –que es vida propia y por lo tanto no pertenece a la madre, que no es más que un instrumento de vida- se lo permitimos, no sabiendo que con el mismo crimen mueren a la vez el hijo y el alma de la madre.
De niño tuve la grandísima suerte de contar con dos mentores y mecenas: uno tío Higinio, que en gloria esté, y otro tío Argimiro, que ahora también se ocupa de mis hijos, como, sobre todo, tío Basilio; dando batalla a las perversas ideas e influencias marlvadas que a diario reciben. Estos valores fundamentales se insertaron en mi ser, gracias al ejemplo de estos maestros, y también de otros sin título, como mis padres y mis abuelos.
Y hasta aquí estos vericuetos moralistas, intrincados senderos de los tiempos y de las culturs. Es una visión subjetiva, que no pesimista –aunque esta apreciación no puede escapar a sospecha de parcialidad- si bien me alegraría grandemente de que así fuera. De todas formas, el sufrido lector me ha de perdonar si encuentra algo tachable y esperar no crear descontentos, como le psaba a Luis XIV de Francia: “cada vez que proveo una plaza vacante, creo cien descontesto y un ingrato”. A modo de justificación, reivindico el derecho a expresarse y como prueba de buena terapia, he aquí unas palabras de Francis Bacon: “el leer hace completo al hombre, el hablar le hace expeditivo, el escribir lo hace exacto”.
Estas son líneas que apuntan a la claridad, pero al mismo tiempo con pretensión de alcanzar cierta elegancia. Y en aras de ella, no se me ocurre mejor colofón que una cita de Luís Cernuda, que viene muy a punto y refleja de una forma exacta y en menos palabras, la niñez, desde los vastos recovecos de la memoria: “¡Años de niñez en que el tiempo no existe! Un día, unas horas son entonces cifra de la eternidad”.
AMANDO VELASCO GONZÁLEZ
Villambroz 22 – 11- 2009
Por: Basilio Velasco Delgado | General | Comentarios (0) | Referencias (0)
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